La (casi) ausencia de personajes históricos en las artes visuales contemporáneas uruguayas, o Blanes y Zanelli recargados*

Autor: 
Torres, Alfredo

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  • La (casi) ausencia de personajes históricos en las artes visuales contemporáneas uruguayas, o Blanes y Zanelli recargados*
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Determinar donde comienza lo contemporáneo respecto a las artes visuales resulta  bastante difícil. A diferencia de lo que pasa con las edades históricas que cubren períodos precisos. La edad Contemporánea se inicia con la Revolución francesa y llega al presente. En arte, marcar el fin de lo contemporáneo es más simple. Es un final continuamente elástico. Termina hoy, luego mañana, y así sucesivamente. El Diccionario de la Real Academia Española tampoco ayuda mucho. Contemporáneo es aquello que existe en el mismo tiempo que una persona o una cosa. También lo que pertenece o es relativo al tiempo o época en que se vive. Para la mayoría de los teóricos que reflexionan sobre las artes visuales, se acuerda que es toda producción surgida en las últimas dos décadas del siglo XX y en lo que va del actual. Admitido ese entorno relativo, debe reconocerse que las experiencias del arte uruguayo sobre la memoria específicamente histórica no han sido muchas. Se ha trabajado sobre otras formas de la memoria, las que nacen de situaciones autorreferenciales, afectivas, o ligadas a lo individual. Hay varias que han aludido a períodos muy caracterizadores, como el de la última dictadura y sus duras secuelas. Pero muy pocas han asumido un sentido más nítido de lo histórico.

Dos figuras mayores, una que habría de transitar las siete últimas décadas del siglo XIX, la otra que atravesaría las siete primeras décadas del XX, tuvieron una incidencia determinante sobre el tema que se intentará analizar. El primero fue Juan Manuel Blanes (1830-1091), el otro, José Luis Zorrilla de San Martín (1891-1975). Ambos, algunos otros, trataron mediante investigaciones varias definir un posible retrato físico del máximo prócer, José Gervasio Artigas. Solo se tenía un dibujo del viajero francés Alfred Demersey, realizado pocos años antes de su muerte, en su ancianidad y tomado de perfil. Se conserva también una descripción escrita por Dámaso Antonio Larrañaga, cuando lo conoce hacia 1815. “Nos recibió sin la menor etiqueta. En nada parecía un general, su traje era de paisano, y muy sencillo, pantalón y chaqueta azul sin vivos ni vueltas, zapato y media blanca de algodón; sombrero redondo con forro blanco, y un capote de bayetón eran todas sus galas, y aun todo esto pobre y viejo. Es un hombre de una estatura regular y robusta, de color bastante blanco, de muy buenas facciones, con la nariz aguileña; pelo negro y con pocas canas; aparenta tener unos cuarenta y ocho años (Tenía en realidad 51 años). Su conversación tiene atractivo, habla quedo y pausado; no es fácil sorprenderlo con largos razonamientos, pues reduce la dificultad a pocas palabras, y lleno de mucha experiencia tiene una previsión y un tino extraordinario.” Blanes determino un rostro austero, de mirada fuerte y con escasas concesiones a una cierta gracia de rasgos. Zorrilla, por el contrario, eligió un Artigas donde combina seriedad con una cierta amabilidad física, rasgos vigorosos con una suave sugerencia de sensualidad. Por cierto, varios artistas incluidos en la naciente modernidad uruguaya, también contribuyeron en una posible imagen artiguista, Pedro Blanes Viale, Manuel Rosé, aun Pedro Figari, autor de una sugestiva imagen sobre el héroe nacional. Pero, en definitiva, quien ha gestado una triunfante identidad física de Artigas, sobre el temperamento reflejado por esa identidad física, quien más incidencia ha tenido y sigue teniendo, sin duda, fue Blanes. El creador de ese Artigas circunspecto y solemne, bastante alejado de la descripción dejada por Larrañaga, pero que, mal o bien, todos hemos terminado reconociendo. En consecuencia, las propuestas que serán analizadas a continuación refieren a la obra de Blanes, de manera directa o indirecta, y a su condición de ser el artista más prolífico y expandido dentro del relato iconográfico vinculado a la historia nacional. Resulta bastante sorprendente como muchas de las experiencias contemporáneas han tomado, de manera directa o indirecta, las imágenes de Blanes.
 
Nelson Balbela (Montevideo, 1966), actualmente residiendo en Los Ángeles, Estados Unidos, realiza en el año 2000 la que será su última muestra importante en Uruguay. La exhibición era una especie de puzle o un exótico muestrario sobre ciertos rasgos de la identidad nacional. En diferentes lecturas, podía aludir e ironizar sobre estereotipos creados por la publicidad, por los exuberantes vestuarios carnavaleros, por recetas educativas que se repiten mecánicamente, sobre imaginarios saturados de rutina. Entre todo ese repertorio alusivo, de manera irremediable, con una deliciosa mezcla de irreverencia y filosa amabilidad, arremetía contra la soberbia pictórica del llamado Pintor de la Patria, Juan Manuel Blanes, dócil ante pedidos de muy variados poderes, ofreció una visión de los Treinta y Tres Orientales, que por rectificación histórica y no por el gastado chiste de quien sacó la foto, parece que eran treinta y cuatro. Lejos de esa imagen coreográfica sobre el desembarco, Nelson Balbela proponía otra visión sobre los héroes, más divertida, menos altiva. Una especie de desplazamiento hecho  con enorme picardía pero sin agravios. Eran otros treinta y tres, con minúscula.  Individuos comunes que pueden encontrarse caminando por la calle. Anónimos  orientales sin líder y sin causa libertadora, apenas posibles epopeyas un tanto más íntimas. Los presentaba a través de sus rostros exhibidos en formación piramidal, sumergidos en un trance que vacilaba entre la iluminación mística y algún gozo más terrenal. 
 
Como se dijo, Blanes inventó un rostro para el prócer. Encargo exigido por el dictador Máximo Santos que necesitaba un Artigas con rostro, con identidad física. No se podía venerar a un héroe que no había sido nada propenso al retrato, con la única excepción del mencionado perfil de Demersey. Contra ese Artigas autoritario, militarísimo, erguido frente a la puerta de la Ciudadela, Nelson Balbela proponía, aun sigue proponiendo, otras versiones. En ellas, tampoco hay ofensas ni insolencias, solo un nuevo gesto de desenfado irreverente, otra brillante travesura lúdica. Como opción a la imagen-paradigma, prosperan otros Artigas, cercanos, carnales. En su mayoría tipos con tremenda pinta, diversamente seductores. A veces, con peinados delirantes, ropas que mezclan aires militares con prendas salidas de alguna banda glam-rockera, de algún extraviado conjunto de parodistas, de algún protagonista escapado de un cómic fantástico. Otras veces, son absolutamente comunes, individuos que pueden verse en cualquier ámbito cotidiano. Al héroe máximo se suma después Joaquín Lenzina, más conocido como el Negro Ansina, fiel amigo que lo acompañaría hasta su muerte. Estos delirantes Artigas no tienen nada que ver con el de Blanes. Menos aun con el tremendo personaje que el escultor italiano Carlos Zanelli (1879-1942) montó en un enorme caballo para centrar la Plaza Independencia. Tanto Blanes como Zanelli muestran un protagonista extrañado por una rotunda omnipotencia, por una lejanía que defienden el óleo inmaculado o el bronce lustroso. Los de Nelson Balbela instauran cercanía, buscan y consiguen confianza. Recuerdan que la heroicidad puede florecer en cualquier lado. Aun en aquellos seres que la prolijidad de los rebaños sociales margina y descarta. Aquellos Artigas tienen el empaque de la historia definitiva, petrificada. Estos Artigas propician aperturas, buscan alentar lo singular, lo diferente, lo diverso. Proponen un prócer que quizás no sea el prócer histórico. Quizás sea otro, persistentemente construido y vuelto a construir, saludablemente incierto e imprevisible.  
 
 
Imagen 1: "Ansina"
 
 
 
Imágenes 2 y 3: "Artigas"
 
 
 
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