La (casi) ausencia de personajes históricos en las artes visuales contemporáneas uruguayas, o Blanes y Zanelli recargados*

 
En el mismo año, pocos meses después, en la sala menor del Centro Municipal de Exposiciones presentaba “Ausencias y presencias V”. Es, dentro de toda la serie, la más claramente punzante, de una ironía casi paródica. A diferencia de los antecedentes antes citados, parecería que Mario D’Angelo hubiese dejado de lado honduras dramáticas para acercarse a un agrio manejo del humor. El elemento motivador es un sello acuñado en dictadura, relativo a los Treinta y Tres Orientales y a su gesta. Se conmemoraban ciento cincuenta y cinco años, cifra arbitraria si las hay, y se produce el gran decreto, el mal recordado Año de la Orientalidad. El creador logró obtener uno de esos sellos y lo ubicó, pequeñísimo, adherido a la pared que enfrenta la sala. A pesar de los pocos centímetros que implicaba el sellito, contra el fondo de la pared desnuda, aparece groseramente rodeado por un tremendo marco. La contradicción generaba un estridente absurdo. Gran marco barroco, dorado, desmesurado, digno de las obras operísticas de Blanes. En la sala, austera, despojada, las tres paredes suavemente iluminadas con los colores de la bandera libertadora, rojo, azul y blanco. Hacia el fondo, se planteaba un extendido montículo de arena. Sobre el mismo, en la exacta y teatral ubicación que cada uno de los Treinta y Tres Orientales posee en el cuadro, aparecían treinta y tres botellas de  caña “33”, famosa bebida, casi un símbolo de identidad, que hasta hace poco tiempo, fabricaba ANCAP. Mediante esa estructura escenográfica, Mario D’Angelo desplegaba una multiplicación de juegos paródicos. Decide, por ejemplo, que la arena usada en la instalación provenga de la playa donde se produjo el desembarco, la de la Agraciada, porque Blanes había hecho exactamente lo mismo. Para la presentación del cuadro el Pintor de la Patria había orquestado una exhibición ceremoniosa. La enorme tela se presentaba sobre el mencionado montículo de arena, también traída de la Agraciada. En su época la gente desfiló ante la obra con devoción casi religiosa. Se enviaron flores y tributos varios. Se hicieron discursos y se declamaron poemas. También como Blanes, Mario D’Angelo, una vez finalizada la instalación, regalaba bolsitas atadas con la cinta tricolor conteniendo porciones de arena. El célebre pintor, famoso por su capacidad de ahorro lindante con la avaricia, había hecho otro tanto. En una jugada maestra uso el mismo recurso para librarse de la arena evitando cualquier desembolso económico.
 
Blanes, todos los defensores de una historia patria virginal e inmóvil, ofrecen siempre héroes abrumados por la frialdad que impone una posteridad marmórea, preservando una enorme distancia como salvaguarda de cualquier flaqueza, incluso de la finitud humana. Deben predicar absolutos férreos o ideales con valor de profecía. Mal que les pese a tales defensores, las botellas de caña “De los 33” se instauraban como una excepción perturbadora a esas reglas pretendidamente inmutables. Los ilustrísimos Treinta y Tres Orientales ornamentando, nada más y nada menos, que las etiquetas de una botella humildemente popular. Por cierto, la sustitución de los héroes por las sencillas botellas, implica la sustitución de una escena teatral, una pose pensada para un sentido almidonado de la historia, por protagonistas anónimos, toscas botellas de vidrio conteniendo una bebida nada lujosa y más bien de pobre. El mismo criterio alusivo impera en “Ausencias y presencias VI (El ojo del poder)”, realizada en el Museo Blanes al año siguiente. La propuesta intervenía prácticamente todo el Museo. Mario D’Angelo volvía a proyectar toda la intervención partiendo de un documento gráfico buscado en el Museo Histórico Nacional y de la consecuente investigación histórica. La fotografía registraba el momento posterior al atentado que el dictador Máximo Santos sofriese en 1886 cuando llegaba al Teatro Cibils pata presenciar la ópera “La Gioconda!, de Ponchielli. Cuando el dictador entra al hall y comienza a prodigar saludos se le acerca el joven teniente Gregorio Ortiz y le dispara un balazo en pleno rostro. La foto registra a un protagonista incrédulo, desolado, incapaz de aceptar el arduo trance. Mario D’Angelo centra su interés en una mirada que mezcla el terror con un residuo de inútil soberbia, asombro interferido por una repentina impotencia. En la sala dedicada a Blanes, una gigantografía de la foto entera, sobre un panel que enfrentaba la gran imagen de “La Revista de 1885”. Una ampliación del ojo enmarcado en un triángulo con las dimensiones del triángulo masónico, Santos era masón, parece que Blanes pudo serlo, aparecía de tanto en tanto sobre las imágenes del celebre pintor. En la sala simétrica, una procesión de proyectores y sus respectivas imágenes. Los cables a la vista, serpenteando en la oscuridad, frio e incongruente sistema sanguíneo En esas imágenes proyectadas se contemplan ventanas del Palacio Santos, hoy Ministerio de Relaciones Exteriores, donde una ventana-balcón, coronada por un frontón de reminiscencias masónicas se iba desvaneciendo hacia la oscuridad. En una de las salas laterales, un televisor proyectaba constantemente la referida ópera “La Gioconda”. Por otro lado el frontón del desaparecido Teatro Cibils, reiterada  alusión al emblema masónico. 
 
Las penetrante serie ofrecida por Mario D’Angelo intenta, de manera muy diferente, transmitir lo mismo que los retratos de un hipotético Artigas pergeñados por Nelson Balbela. Esa trasmisión manifiesta un rasgo esencial del arte contemporáneo, las revisiones críticas, cuestionadoras, la trasgresión como modo narrativo. El interés esencial de dicha transmisión abre una brecha en la rutinaria sacralización que se perpetra con la iconografía relativa a los personajes históricos. La hipótesis analítica desmitifica o rectifica la apostura de los héroes. Intentan decir que los mismos no pierden la condición heroica porque sean presentados como lo que fueron o como lo que pudieron haber sido. Seres mortales y por lo tanto, vulnerables. Tan frágiles y simples como un conjunto de botellas de caña, como una serie de banderas desoladas, como un cantante de rock o un personaje de cómic, como un banal y anónimo individuo. Incluso como un omnipotente dictador. 
 
 
Imagen 6: "Ausencias y presencias V"