El Bicentenario como oportunidad: Teoría y agenda para nuevos balances y prospectos en América Latina

 

Los “usos públicos” del tiempo en la construcción de la política democrática. 

También desde el campo de la Filosofía Política y aun, como veremos, en el de la acción política práctica, el eje “pasado-futuro” ha configurado y configura un centro de análisis y de atención especial. Uno de los textos más fecundos de Hannah Arendt como el titulado en su versión española “Entre el pasado y el futuro. Ocho ejercicios sobre la reflexión política” se dedica precisamente a explorar varias aristas del tema.17 Resulta muy sintomático que Arendt comience el prefacio de su recopilación con un aforismo del poeta francés René Char: “Nuestra herencia no proviene de ningún testamento”. De esa manera tan particular apuntaba a enfatizar un punto crucial de su pensamiento sobre la política y la construcción democrática: para enfrentar la “tentación totalitaria” resultaba indispensable la construcción de un “testamento ciudadano”, de un legado que comunicara el pasado con el futuro, la tradición con el porvenir. “El testamento –señalaba Arendt-, cuando dice al heredero lo que le pertenecerá por derecho, entrega las posesiones del pasado a un futuro. Sin testamento o, para sortear la metáfora, sin tradición –que selecciona y denomina, que transmite y preserva, que indica dónde están los tesoros y cuál es su valor-, parece que no existe una continuidad voluntaria en el tiempo y, por tanto, hablando en términos humanos, ni pasado ni futuro: sólo el cambio eterno del mundo y del ciclo biológico de las criaturas que en él viven”.18
 
Es esa idea central sobre la necesidad de un testamento cívico como cimiento imprescindible de una política democrática, no totalitaria, la que lleva a Arendt a pasar revista temas claves en torno a la relación pasado-futuro tales como: la presentación de la historia y de la política como “escenarios de un campo de combate sobre el que las fuerzas del pasado y del futuro chocan una contra otra”; la advertencia, como contrapartida y complemento de lo anterior, que tanto el futuro como el pasado debían percibirse como “fuerza” y no como “carga”, “de cuyo peso muerto el ser humano puede, o incluso debe, liberarse en su marcha hacia el futuro”; la necesidad de aprender a comprender en tanto “mirar el mismo mundo desde la posición del otro, ver lo mismo bajo aspectos muy distintos y, a menudo, opuestos”; la centralidad de que los ciudadanos participaran de un espacio público compartido en tanto comunidad política, que combinara tradiciones y utopías en clave pluralista;19 la preocupación permanente –que aunque de modo muy diferente, ella veía tanto en Tocqueville como en Marx- porque la indagación sobre el pasado echara luz sobre el futuro; su convicción acerca de que “la política de la historia o, más bien, la conciencia política” derivaban en última instancia de la conciencia histórica.20
 
En ese marco, Hanna Arendt destacaba con mucho vigor la crucialidad de aprovechar lo que llamaba “momentos de verdad”, coyunturas especialísimas en que la sabia resolución de las tensiones entre el pasado y el futuro podía aportar valores capitales para el futuro de una construcción política democrática. “… sería de cierta importancia advertir que la llamada al pensamiento surgió en ese extraño período intermedio que a veces se inserta en el curso histórico, cuando no sólo los últimos historiadores sino los actores y testigos, las propias personas vivas, se dan cuenta de que hay en el tiempo un interregno enteramente determinado por cosas que ya no existen y por cosas que aún no existen. En la historia, esos interregnos han dejado ver más de una vez que pueden contener el momento de la verdad.” 2122
 
Con seguridad muchos de los lectores conocerán el famoso y hermoso cuento de Borges “Funes, el memorioso”. Como de su lectura se infiere, un ejercicio de la memoria exige tanto del recuerdo como del olvido, requiere siempre una selección, un repertorio en el que se toma y se desecha. Sin ello, no hay memoria posible, ni individual ni colectiva. La memoria es entonces necesariamente selectiva. Pero además, en la misma línea que anotara Hanna Arendt en su trabajo antes citado, en una democracia los relatos diseñados en relación al tiempo deben ser también necesariamente libres, plurales y debatibles. No hay lugar para recuerdos u olvidos impuestos desde el poder, tampoco para futuros predeterminados como indiscutibles o “únicos caminos”. Como bien ha señalado Nora Rabotnikof, en un valioso texto sobre “Memoria y política: compromiso ético y pluralismo de interpretaciones”, la memoria de la República se distingue de la del Principado en que mientras esta se nutre de la costumbre autoritaria, impuesta y reiterada, aquella solo puede constituirse desde “un testamento que seleccione y nombre”, desde un discurso que preserve la significación de los hechos y los someta a la revisión crítica como todo “objeto del lenguaje público”. La exigencia de un “testamento ciudadano” emerge así como base de la “autoconciencia histórica” y soporte del pacto fundante de un orden democrático republicano, al tiempo que contribuye a reforzar el destaque acerca de la significación de los usos públicos del tiempo en toda ingeniería política.23
 
En estos tiempos de la llamada “cultura de lo instantáneo” es cuando más hay que recordar que la democracia y el republicanismo moral no son compatibles con una política meramente presentista y adaptativa, que renuncia al pasado y al futuro. Como vimos, las democracias se fundan en otra relación con la temporalidad, requieren la inscripción de las acciones cívicas entre tradiciones y utopías, necesitan por definición debatir sobre el pasado y sobre el futuro y no ser atrapadas por una suerte de “presente continuo”. Como bien prueba Marc Finley en su clásico texto “Uso y abuso de la Historia”, la palabra “utopía” contiene una ambivalencia de origen: en términos estrictos significa “ningún sitio”, pero –como él mismo señala- “ejercitando un poco la imaginación esa “u” también puede corresponder al prefijo griego “eu” (esto es, “bueno”, “bien”), y en tal caso obtenemos la expresión “lugar bueno”, “sitio ideal””.24 El señalamiento de esta distinción no resulta menor, pues con el tiempo ha generado dos conceptos disímiles acerca de la noción de utopía: uno identificaría efectivamente un “no lugar”, un concepto límite ubicado fuera de la sociedad, cuya utilidad es la de promover y hasta exigir la acción humana en procura de un futuro mejor; la segunda concepción, en cambio, refiere un “sitio ideal”, habilitando la posibilidad de su radicación histórica y política, con su consiguiente identificación con un régimen o un sistema social conceptuado como ideal y modélico.
 
La diferencia entre ambas acepciones resulta muy relevante en términos políticos e ideológicos. La historia reciente en relación a lo ocurrido con ambos sentidos acerca de los proyectos utópicos nos revela la infertilidad de esa segunda acepción. En contrapartida, existen muchas razones –muchas de ellas invocadas en este mismo texto- para renovar la vigencia de la primera acepción de utopía. En especial si se la adscribe a visiones de posibilidades y horizontes validados, entre otras cosas, por el pluralismo de miras (sin por ello caer, como bien advierte Beatriz Sarlo, en “el fetichismo gramatical de los plurales”). Como señalara Oscar Wilde citado por Finley: “Un mapa del mundo que no incluya la isla de la utopía no merece siquiera una mirada”.25  La propia operación de reflexión intelectual, en especial desde la atención a la tensión creadora del eje “pasado-futuro”, exige un horizonte utópico en la primera de las acepciones. “Para conocer –señala al respecto Sarlo- la imaginación necesita ese recorrido que la lleva fuera de sí misma y la vuelve reflexiva; en su viaje, aprende que la historia nunca podrá contarse del todo y nunca tendrá un cierre, porque todas las posiciones no pueden ser recorridas y tampoco su acumulación resulta en una totalidad. El principio de un diálogo sobre la historia descansa en el reconocimiento de su carácter incompleto (que, por supuesto, no es una falta en la representación de los detalles ni de los “casos”, sino una admisión de la cualidad múltiple de los procesos”.26
 
Lo mismo, casi con las mismas palabras, podría decirse a propósito de las exigencias de un movimiento de renovación de la “utopía” democrática republicana en el marco de ese “momento de verdad” que puede constituir –al menos como oportunidad- una conmemoración profunda del Bicentenario.
 
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