El Bicentenario como oportunidad: Teoría y agenda para nuevos balances y prospectos en América Latina

   

II. Hacia la construcción política de “democracias no limitadas” en la América Latina del 2010.

Democracia y temporalidad en las anticipaciones de Norbert Lechner.

En América Latina fue el siempre recordado Norbert Lechner quien se ocupó en forma más sistemática y profunda del tema. La cuestión de los cambios en nuestras visiones sobre la temporalidad y lo que él enunciaba como la “necesidad de hurgar por las callejuelas de la vida cotidiana”, lo llevaron en especial en sus últimos años a producir y reflexionar con mucha originalidad sobre estas cuestiones, de lo que da prueba una buena parte de su producción más reciente.27Fue en particular su vivencia comprometida con el proceso de transición en Chile y en toda América Latina, junto a su actualizada visión de mundo, lo que lo llevó a estas preocupaciones, como se puede registrar a cabalidad en su ya clásico texto titulado “Los patios interiores de la democracia, publicado por primera vez en 1985.28 Lo primero que Lechner advertía ya por entonces era que resultaba imperativo renovar nuestras formas de encarar las dimensiones del tiempo, en especial en relación al futuro. “Vivimos en América Latina (y no sólo aquí) una crisis de proyecto. Ello puede conllevar una abdicación a nuestra responsabilidad por el futuro. Pero también puede expresar una nueva concepción del porvenir. Intuimos que el mañana son mil posibilidades no menos contradictorias que las opciones de hoy e irreductibles a un diseño coherente y armonioso. Intuimos que también los sueños son necesariamente inconclusos, siempre reformulados. En fin, vislumbramos un futuro abierto que resulta incompatible con la noción habitual de proyecto. Entonces, más que de proyecto alternativo, necesitamos una manera diferente de encarar el futuro”.29

 

Desde una fuerte reivindicación de la política, lo que suponía entonces para Lechner una preocupación particular por la atención de los procedimientos e implicaba un quehacer entre cuyas metas primordiales estuviera la de “estructurar el tiempo” luego de su “estallido”, el tópico de la “anticipación” centraba en particular su interés analítico. “¿Cómo sincronizar –se interrogaba- las diferentes temporalidades? La pregunta nos plantea un aspecto decisivo en la construcción de un orden social y, en particular, de un sistema político. (…) El realismo es una cuestión de tiempo desde dos aspectos: 1) como conciencia histórica acerca de la efectividad del pasado en el presente, y 2) como elección para qué actuar en un futuro abierto. Ambos aspectos se vinculan: la anticipación del futuro suele recurrir al pasado. Generalmente nuestros proyectos a futuro (motivos “para qué”) se apoyan en nuestras experiencias pasadas (razones “por qué”). El pasado nos ofrece una familiaridad que no requiere, en cada caso particular, la explicitación conciente del mundo y su razón de ser. (…) La estructuración de las relaciones sociales ya no puede recurrir a la familiaridad del pasado como ámbito de lo normal y natural. La renovación política tiene que crearse su propio horizonte temporal. (…) La construcción de un orden democrático exige la sincronización de las diferentes temporalidades. (…) Siempre puede ocurrir una sobrecarga y finalmente una parálisis de los mecanismos selectivos y resolutivos. Se pierde no solamente la anticipación del futuro; se pierde también el control sobre los acontecimientos en marcha y, mirando hacia atrás, incluso se desmorona la continuidad adquirida. Desde este punto de vista, ser realista exige un acucioso presupuesto de tiempo para no ser sorprendido a destiempo, incapaz de reaccionar. (…) En lugar de esperar el futuro, dejándolo hacer presente, se busca adelantarse a él, creándolo como el resultado proyectado de las decisiones presentes. En otras palabras, se trata de asegurar la conexión entre el presente actual y el presente venidero planificando el futuro: el plan como previsión”.30
 
El imperativo de la anticipación en momentos en que América Latina vivía el fin de las dictaduras de la seguridad nacional y del terrorismo de Estado, así como el trámite arduo y azaroso de las transiciones a la democracia, resultaba para Lechner el camino indispensable para estar a la altura de las circunstancias de aquella coyuntura histórica. Esta, por otra parte, podía ser interpretada sin rigideces como uno de esos “interregnos” decisivos, unos de “esos momentos de verdad” de los que había hablado Hanna Arendt, en los que se definían los rumbos centrales del futuro, en este caso del continente latinoamericano. Frente a los peligros reales de “un tiempo sin horizonte” (escondido tras el fervor entusiasta del fin de las dictaduras), de un “tiempo esquizoide”, Lechner era plenamente conciente de la obsolescencia de la vieja idea de “proyecto nacional”; advertía que la democratización en tiempos de posmodernidad no podía aguardar “una homogeneidad cultural de las concepciones del tiempo”; registraba con sutileza que la desconfianza y el miedo emergentes en las nuevas sociedades tendían a “profecías autocumplidas”. También prevenía frente a la transferencia restauradora del traslado de “esperanzas escatológicas” a la política: “La creencia en que podamos salvar nuestras almas por medio de la política es un sustituto al vacío religioso dejado por la secularización. (…) (Pero) la revalorización de la política descansa sobre una premisa: una conciencia renovada de futuro. Sólo confiamos en la creatividad política en la medida en que tenemos una perspectiva de futuro. Visto así, el problema no es el futuro, sino la concepción que nos hacemos de él. El futuro mejor no está a la vuelta de la esquina, al alcance de la mano, de la fe o de la ciencia. Pero tampoco es una “uva verde” que conviene olvidar. Quizás, como dijera Rupert de Ventos, nos falta el valor para reconocer que las uvas están maduras y que están más allá de nuestro alcance; que son deseables e inalcanzables, que hay problemas que no podemos solucionar, pero que tampoco podemos dejarnos de plantear.” 31
 
Si las reflexiones y convicciones de Lechner resultaban tan concluyentes en aquella encrucijada de 1985, cuando se tramitaban con dificultad (muy particulares en el caso de su doliente y querido Chile) los procesos de transición a la democracia en casi todo el continente, 20 años después sus ideas y preocupaciones consolidarían su rumbo, de cara a las urgencias de otro contexto histórico pero con una vigencia y oportunidad renovadas. En uno de sus últimos textos otoñales publicado en el 2002, con el título de “Las sombras del mañana. La dimensión subjetiva de la política”, para Lechner el dilema crucial (no el único pero sí el más profundo en sus implicaciones) seguía siendo, en sus propios términos, “Horizontes de futuro versus presente permanente”: “Vivimos en el presente como tiempo único. (…) Presionada a dar respuestas inmediatas, la política tiende a perder cualquier estrategia a mediano y largo plazo. (…) Frente al tiempo del mercado –la contingencia-, el tiempo de la política sería el de la perspectiva. En realidad, la política democrática se juega en el manejo del tiempo. (…) Sería tarea de la política contrarrestar la urgencia de la realidad inmediata mediante un tiempo histórico. La historicidad entrelaza discontinuidades y duración, las experiencias aprendidas con horizontes de futuro. (…) Visto así, hacer política consiste en producir los horizontes de sentido que permitan poner las cosas en perspectiva. (…) Crear una perspectiva es crear un relato que sitúa al presente en relación al pasado y al futuro. (…) Sería contar el cuento del Nosotros que queremos llegar a ser.” 32
 
Las reflexiones de Lechner proyectaban sobre el escenario latinoamericano contemporáneo un viejo asunto en el que, como vimos, convergían preocupaciones teóricas de distintas disciplinas del trabajo intelectual, así como también exigencias igualmente clásicas del quehacer político en la fragua cotidiana e inacabable de las democracias. Sorprende en verdad constatar la coherencia y, a la vez, la vigencia renovada de su pensamiento en estos tiempos del Bicentenario.
 
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