Notas sobre partidos políticos e identidad nacional en Uruguay

 

1. Partidos políticos e independencia nacional

Afirmar, con Solari, que el Estado es anterior a la Nación implica alejarse del enfoque del proceso independentista que prefiere explicarlo como manifestación de una conciencia nacional preexistente. Según esta visión, que Carlos Real de Azúa (1990) denominara como “la tesis independentista clásica”, la “gesta de la independencia” y la configuración de un Estado autónomo serían consecuencia de la “voluntad del pueblo oriental”. Los “orientales”, según este enfoque, anhelaban no sólo la independencia respecto a España, Portugal y Brasil, sino también respecto a Buenos Aires. Desde este punto de vista, la configuración del Estado uruguayo en 1830 no habría sido fruto del azar o de la mediación diplomática británica sino el destino natural, necesario, de la vocación independentista de los “orientales”.
 
Confrontada con los hechos, la tesis independentista clásica exhibe problemas muy serios de verosimilitud. En palabras de Pablo da Silveira: “Artigas nunca se propuso convertir a la Banda Oriental en un estado independiente (en su oración inaugural a un importante congreso realizado en abril de 1813, declaró que su programa político “ni por asomo se acerca a una separación nacional”; y cuando, varias décadas más tarde, fue
invitado a visitar el Uruguay independiente, prefirió permanecer en el exilio paraguayo diciendo: “yo ya no tengo patria”). Tampoco Juan Antonio Lavalleja inició su campaña con la idea de independizar a la Banda Oriental, sino con el proyecto de reincorporarla a lo que hoy es Argentina. Lavalleja, al igual que los jefes militares que lo acompañaron, no impulsaron la independencia sino que terminaron aceptándola o, en el mejor de los casos, convirtiéndose tardíamente a su causa. Todo el proceso de creación del país estuvo signado por un fuerte componente de artificialidad” (Da Silveira: 2005).
 
La frase final de la cita anterior resume muy bien el punto de vista que historiadores y demás cientistas sociales contemporáneos aceptan sin mayor discusión. La tesis independentista clásica, defendida con tanto brillo por autores fundamentales de nuestra historiografía (Francisco Bauzá, Pablo Blanco Acevedo, Juan E. Pivel Devoto, entre otros), no funciona bien. Los hechos la desmienten sin piedad. El Estado no derivó de la Nación. Sin embargo, la tesis referida ofreció una narración del proceso de la independencia que permitió que la idea de una “nación oriental” cobrara vigor y comenzara a circular de generación en generación. Mirado desde este punto de vista, la tesis independentista clásica contribuyó decisivamente a construir a posteriori lo que ella se empecinó en advertir a priori. La identidad nacional es una construcción ideológica posterior a la independencia nacional. Si, para Benedict Anderson, la nación es una “comunidad imaginada”, la nuestra habría empezado a existir una vez que se elaboró un relato de la independencia (una reconstrucción imaginaria) en clave nacionalista.
 
Un paso fundamental en la elaboración de este relato nacionalista fue el rescate de Artigas. La “Patria” precisaba un “Padre”. Artigas, ni blanco ni colorado, podía cumplir este papel. La configuración del culto artiguista fue un componente fundamental en la construcción de la identidad nacional. Colorados y blancos contribuyeron decisivamente a esta tarea. Sistematizando la información sobre este punto escribió Rilla: “Hay
proyectos reivindicatorios de Bernardo Berro en 1854, de Venancio Flores, que propone la repatriación de los restos en 1854, protestas de Leandro Gómez en 1855 acerca de la ignorancia reinante respecto a Artigas, cuya espada dona en 1856. Ese año, junto con el decreto de honores fúnebres del gobierno de Pereira, queda definido el texto de la lápida: ‘Artigas. Fundador de la nacionalidad oriental’. En 1862 se aprueba un proyecto
de Tomás Diago que ‘manda erigir una estatua ecuestre de tamaño natural’. Durante la dictadura del general colorado Máximo Santos se vierten algunos recursos para la erección del monumento, se define –en 1883- que al pie de éste se escribirá solamente ‘Artigas’ y se establece el aniversario de su muerte como feriado nacional. En 1894 es declarado feriado también el natalicio, transformado por ley en ‘Fiesta Nacional’ en 1919” (Rilla 2008:227). Descubriendo en Artigas un territorio común (“zona de concordia”, al decir de Rilla), inaugurando el culto artiguista, colorados y blancos hicieron un aporte fundamental en la construcción de la identidad nacional. Desde fines del siglo XIX hasta mediados del siglo XX, la historiografía vinculada a los partidos, a través de autores colorados como Bauzá o Blanco Acevedo, y blancos, como Pivel Devoto, se las ingenió para ofrecer un relato ordenado, documentado y, por ende, muy persuasivo, de la “gesta artiguista” y de las luchas por la independencia relatadas desde un prisma interpretativo nacionalista.2
 
General Máximo Santos (Fuente: Wikipedia)
 
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