Notas sobre partidos políticos e identidad nacional en Uruguay

Autor: 
Garcé, Adolfo

Introducción

Aldo Solari solía decir que “Uruguay fue un Estado antes de ser una Nación” (Solari 1991:18). En el trabajoso proceso de construcción de la identidad nacional los partidos políticos jugaron un papel fundamental. En primer lugar, especialmente durante el último cuarto del siglo XIX, elaboraron y/o difundieron interpretaciones sobre el
proceso de independencia y sobre los rasgos de la identidad uruguaya. En segundo lugar, ofrecieron a las sucesivas camadas de inmigrantes una forma sencilla de integración rápida a la sociedad y de inclusión en la nación. En tercer lugar, los partidos construyeron instituciones políticas que, con el tiempo, terminarían configurando rasgos distintos de la identidad nacional. El objetivo de este breve ensayo es presentar brevemente estos tres tipos de aportes.
 
Antes de ir al grano, de todos modos, es indispensable presentar brevemente los dos supuestos sobre los que se apoya el argumento que se acaba de enunciar. El primero refiere a la identidad nacional como construcción. El segundo a la centralidad de los partidos en la historia nacional. Aunque ambos remiten a debates muy antiguos en la cultura uruguaya, constituyeron, cada uno por su lado, temas especialmente relevantes de discusión durante el despegue que experimentaron las ciencias sociales uruguayas después de la dictadura.
 
El primer supuesto básico es que la identidad uruguaya no es una esencia sino una  construcción.1 En este punto, quiero citar textualmente a Carolina González:  “Recogiendo una tradición filosófica comunitarista neoaristotélica, los estudios que se sustentan en el paradigma primordialista consideran a la nación como dato objetivo de la realidad social. Desde esta perspectiva de abordaje, se define un colectivo nacional en función de un conjunto de elementos observables de tipo étnico, lingüístico, religioso o cultural, al que se suma invariablemente una conciencia de la diferenciación (…) que conduce a la acción política del movimiento nacionalista. (…). El modelo constructivista del análisis del nacionalismo, en cambio, reconoce una tradición neohegeliana y contractualista y considera a la nación como el producto de un proceso histórico de construcción colectiva, a través del cual se estructura la legitimación social del Estado moderno como mecanismo institucional de administración de poder político (González 2001: 17-18). En estas páginas se asume un punto de vista constructivista respecto a la identidad nacional. La identidad nacional no es una esencia ni es anterior  al proceso independentista. En realidad, quien repase el proceso histórico de nuestro país durante el siglo XIX puede verse tentado a concluir que el de Uruguay es un caso extremo de construcción social de una identidad nacional.
 
El segundo supuesto básico es que los partidos políticos han sido los actores centrales en la historia nacional. Esta idea, que estaba implícita en la interpretación piveliana, fue rescatada y profusamente manejada por la generación de historiadores y cientistas políticos que asomó después de la dictadura. En este sentido, la “hipótesis partidocéntrica” formulada por Gerardo Caetano, José Rilla y Romeo Pérez Antón (1987), marcó un hito especialmente significativo. La afirmación de la centralidad de los partidos iba a contrapelo de las interpretaciones de la historia nacional prevalecientes durante las décadas del sesenta y setenta que, en sintonía con el apogeo de la influencia del marxismo en nuestra cultura, tendían a remitir la peripecia histórica
a los conflictos entre clases sociales. Sin perjuicio de reconocer la influencia el papel de los grupos sociales en la política uruguaya, la hipótesis partidocéntrica ayudó a abandonar los reduccionismos economicistas y sociocéntricos más exagerados y a volver a colocar el énfasis de los cientistas sociales en los partidos e instituciones políticas.
 
En un país partidocéntrico no cabe sino esperar que la construcción de la identidad nacional haya estado estrechamente vinculada a la actividad de los partidos. Ahora sí, veamos cómo.
 
 

1. Partidos políticos e independencia nacional

Afirmar, con Solari, que el Estado es anterior a la Nación implica alejarse del enfoque del proceso independentista que prefiere explicarlo como manifestación de una conciencia nacional preexistente. Según esta visión, que Carlos Real de Azúa (1990) denominara como “la tesis independentista clásica”, la “gesta de la independencia” y la configuración de un Estado autónomo serían consecuencia de la “voluntad del pueblo oriental”. Los “orientales”, según este enfoque, anhelaban no sólo la independencia respecto a España, Portugal y Brasil, sino también respecto a Buenos Aires. Desde este punto de vista, la configuración del Estado uruguayo en 1830 no habría sido fruto del azar o de la mediación diplomática británica sino el destino natural, necesario, de la vocación independentista de los “orientales”.
 
Confrontada con los hechos, la tesis independentista clásica exhibe problemas muy serios de verosimilitud. En palabras de Pablo da Silveira: “Artigas nunca se propuso convertir a la Banda Oriental en un estado independiente (en su oración inaugural a un importante congreso realizado en abril de 1813, declaró que su programa político “ni por asomo se acerca a una separación nacional”; y cuando, varias décadas más tarde, fue
invitado a visitar el Uruguay independiente, prefirió permanecer en el exilio paraguayo diciendo: “yo ya no tengo patria”). Tampoco Juan Antonio Lavalleja inició su campaña con la idea de independizar a la Banda Oriental, sino con el proyecto de reincorporarla a lo que hoy es Argentina. Lavalleja, al igual que los jefes militares que lo acompañaron, no impulsaron la independencia sino que terminaron aceptándola o, en el mejor de los casos, convirtiéndose tardíamente a su causa. Todo el proceso de creación del país estuvo signado por un fuerte componente de artificialidad” (Da Silveira: 2005).
 
La frase final de la cita anterior resume muy bien el punto de vista que historiadores y demás cientistas sociales contemporáneos aceptan sin mayor discusión. La tesis independentista clásica, defendida con tanto brillo por autores fundamentales de nuestra historiografía (Francisco Bauzá, Pablo Blanco Acevedo, Juan E. Pivel Devoto, entre otros), no funciona bien. Los hechos la desmienten sin piedad. El Estado no derivó de la Nación. Sin embargo, la tesis referida ofreció una narración del proceso de la independencia que permitió que la idea de una “nación oriental” cobrara vigor y comenzara a circular de generación en generación. Mirado desde este punto de vista, la tesis independentista clásica contribuyó decisivamente a construir a posteriori lo que ella se empecinó en advertir a priori. La identidad nacional es una construcción ideológica posterior a la independencia nacional. Si, para Benedict Anderson, la nación es una “comunidad imaginada”, la nuestra habría empezado a existir una vez que se elaboró un relato de la independencia (una reconstrucción imaginaria) en clave nacionalista.
 
Un paso fundamental en la elaboración de este relato nacionalista fue el rescate de Artigas. La “Patria” precisaba un “Padre”. Artigas, ni blanco ni colorado, podía cumplir este papel. La configuración del culto artiguista fue un componente fundamental en la construcción de la identidad nacional. Colorados y blancos contribuyeron decisivamente a esta tarea. Sistematizando la información sobre este punto escribió Rilla: “Hay
proyectos reivindicatorios de Bernardo Berro en 1854, de Venancio Flores, que propone la repatriación de los restos en 1854, protestas de Leandro Gómez en 1855 acerca de la ignorancia reinante respecto a Artigas, cuya espada dona en 1856. Ese año, junto con el decreto de honores fúnebres del gobierno de Pereira, queda definido el texto de la lápida: ‘Artigas. Fundador de la nacionalidad oriental’. En 1862 se aprueba un proyecto
de Tomás Diago que ‘manda erigir una estatua ecuestre de tamaño natural’. Durante la dictadura del general colorado Máximo Santos se vierten algunos recursos para la erección del monumento, se define –en 1883- que al pie de éste se escribirá solamente ‘Artigas’ y se establece el aniversario de su muerte como feriado nacional. En 1894 es declarado feriado también el natalicio, transformado por ley en ‘Fiesta Nacional’ en 1919” (Rilla 2008:227). Descubriendo en Artigas un territorio común (“zona de concordia”, al decir de Rilla), inaugurando el culto artiguista, colorados y blancos hicieron un aporte fundamental en la construcción de la identidad nacional. Desde fines del siglo XIX hasta mediados del siglo XX, la historiografía vinculada a los partidos, a través de autores colorados como Bauzá o Blanco Acevedo, y blancos, como Pivel Devoto, se las ingenió para ofrecer un relato ordenado, documentado y, por ende, muy persuasivo, de la “gesta artiguista” y de las luchas por la independencia relatadas desde un prisma interpretativo nacionalista.2
 
General Máximo Santos (Fuente: Wikipedia)
 
 

2. Partidos políticos, inmigración y ciudadanía

La construcción de la identidad nacional tuvo que enfrentar un desafío adicional: hacia 1860, un tercio de la población del país era extranjera (en Montevideo, la proporción de extranjeros rondaba el 50%). A este alto porcentaje de extranjeros hay que sumarle los que llegaron entre 1890 y comienzos de la década del 20’ del siglo XX en el contexto de la fuerte corriente inmigratoria proveniente de Europa.
 
La debilidad de la conciencia nacional facilitó la integración de los inmigrantes. Sobre esto, dijo Solari: “Es erróneo creer que la inmigración masiva significó una pausa en el desarrollo de la conciencia nacional, pues esto en sentido propio no existía. Por el contrario, lo que ocurrió es que esa ausencia disminuyó las dificultades de los inmigrantes para asimilarse y que la presencia de los partidos fue, en cambio, un mecanismo eficaz de integración” (Solari 1991: 22).
 
Solari, en este texto, maneja dos ideas muy importantes. En primer lugar, sostiene que la debilidad de la conciencia nacional favoreció la integración de los inmigrantes. Una forma muy sencilla de entender esto es razonar del modo opuesto: sobran testimonios históricos en la política comparada que ilustran la existencia de una relación directa entre la intensidad del sentimiento nacional y el rechazo a los extranjeros. En segundo lugar, argumenta que los partidos favorecieron la inserción de los inmigrantes. Los partidos políticos, que constituían las identidades sociales más sólidas entre las que se iban forjando en nuestro territorio, ofrecieron a los inmigrantes razones lazos de unión con los demás. Los partidos, en la época, eran según la recordada expresión de Martínez Lamas, “patrias subjetivas”. La pertenencia al partido, con su densa carga de razones y
emociones, suplía desde el punto de vista funcional la debilidad del sentimiento nacional (Solari 1991:20). Vinculándose a un partido el inmigrante encontraba la forma, rápidamente, de establecer vínculos sociales, emocionales, con una sociedad desconocida. Pero, además, y esto, seguramente, era todavía más importante que lo anterior, al relacionarse con un partido el inmigrante se rodeaba de una malla protectora en el contexto de un Estado débil, en construcción, y de altos niveles de inestabilidad política. Los partidos, a su vez, tenían incentivos para facilitar la integración de los inmigrantes a sus filas, en el contexto de la aguda lucha por el poder que ha constituido, desde siempre, uno de los rasgos más característicos de la relación entre colorados y
blancos. La instauración de reglas de juego democráticas y el inicio de una dinámica de competencia sin fraudes llevará la lucha entre los partidos por la incorporación de los inmigrantes a un nuevo nivel. Compitiendo sin pausa por el poder los partidos contribuyeron a integrar a los inmigrantes y, por ende, a incorporarlos a la Nación. El desarrollo de la ciudadanía favoreció el de la identidad nacional.
 
En suma, el primer gran aporte de los partidos a la identidad nacional fue la identificación de Artigas como “zona de concordia” y la elaboración de un relato nacionalista del proceso que derivó en la independencia. Pero los partidos políticos contribuyeron a la construcción de la identidad nacional de una segunda forma muy concreta: convirtieron a los inmigrantes en ciudadanos.
 
 

3. Partidos políticos e instituciones democráticas

Finalmente, los partidos aportaron a la construcción de la identidad nacional de otro modo, acaso menos directo que los anteriores pero igualmente decisivo. En la medida en que se constituyeron en vehículos privilegiados de inserción social (de los inmigrantes, como acaba de argumentarse, pero de la población en general) y en que,
además, las reglas de juego democráticas se fueron consolidando, la democracia, en sí misma, terminó siendo un rasgo saliente de la identidad nacional. En términos de Aldo Solari: “En otras palabras, los partidos desarrollaron un consenso sobre ciertos valores sociales fundamentales que giraban en torno a la democracia. (…). Pero parece cierto que se expandió con gran fuerza una alta fe en la democracia y en los valores ligados a
ella. Pero no fue tanto que la existencia de una conciencia nacional facilitara ese consenso sobre valores fundamentales sino más bien a la inversa, el consenso sobre esos valores fue el mecanismo generador de la conciencia nacional” (Solari 1991: 22).
 
La hipótesis de Solari es persuasiva: gracias a los partidos políticos, la “fe en la democracia y en los valores ligados a ella” habría terminado siendo un rasgo distintivo de la identidad nacional. Algunos datos de opinión pública están en sintonía con este enfoque. Las encuestas realizadas en América Latina (tanto por la Corporación Latinobarómetro como por el Barómetro de las Américas) muestran de modo sistemático que el nivel de apoyo a la democracia de los uruguayos es el más alto de toda la región.
 

Fuente: Informe LAPOP 2010, Uruguay. Datos disponibles en http://www. LapopSurveys.org

El dato registrado en el Informe LAPOP 2010 no es una excepción. Por el contrario, refuerzan una tendencia. En palabras de Fernanda Boidi y Rosario Queirolo, autoras del Informe LAPOP 2010-Uruguay: “Si bien Uruguay en el 2008 ya estaba en los primeros lugares del ranking de apoyo a la democracia, apoyo al sistema, satisfacción con la democracia, y entre los países con menor nivel de apoyo a golpes de estado, los resultados de la ronda 2010 refuerzan esa posición” (página xxvii)”.
 
Los uruguayos tenemos niveles especialmente altos de valoración de la democracia. Esto forma parte de nuestra identidad nacional. Pero también es parte de nuestra identidad haber tomado conciencia de este rasgo distintivo. Dicho de otra manera: no sólo tendemos a valorar más la democracia que otros pueblos de la región; además sabemos que esto es así. La conciencia de esta diferencia refuerza, a su vez, este rasgo identitario.
 
La política nos distingue y los uruguayos lo sabemos: los niveles de apoyo a la democracia son excepcionalmente altos; algunos de nuestros partidos políticos (el Partido Colorado y el Partido Nacional) están entre los más longevos del mundo; el sistema de partidos muestra niveles comparativamente muy altos de
institucionalización; a lo largo del siglo XX la democracia uruguaya fue de las más estables de la región; Uruguay encabeza, con Costa Rica, el ranking regional de calidad de la democracia 3… Cada vez que los principales líderes políticos del país se reúnen a dialogar para abordar algún tema específico, uno de ellos, expresando una convicción compartida por los demás afirma, sin disimular el orgullo, afirma que el episodio es un testimonio más del “diferencial del sistema político uruguayo”.4
 
La política nos hace distintos. Cultivando esta diferencia reafirmamos la identidad nacional. Los partidos políticos fueron los protagonistas fundamentales en esta construcción. Luchando encarnizadamente por el poder terminaron aprendiendo a respetarse mutuamente y a pactar entre sí. Estos aprendizajes se reflejaron en el diseño de las instituciones políticas (sistema electoral, garantías del sufragio, relaciones entre poderes, etcétera) y en la elaboración y difusión del sistema de creencias que las legitimaron y reforzaron (la democracia como valor supremo). Ambas, instituciones y creencias, se convirtieron en rasgos distintivos de la identidad nacional.
 
 

Apuntes finales

No conozco ninguna definición de identidad nacional mejor que la que, apoyándose en Agustín de Hipona, propuso Pablo da Silveira. Dice el autor mencionado: “En el libro XIX de La Ciudad de Dios (la obra que escribió para dar respuesta a la estupefacción que produjo la caída de Roma) San Agustín se plantea la siguiente pregunta: ¿qué es lo que constituye a un pueblo? La palabra que usa no es civitas sino populus. Lo que está
buscando no es la definición de la asociación política (como la había buscado Aristóteles) sino aquello que permite reconocer a un colectivo humano como un pueblo distinguible de otros pueblos, independientemente de la estructura institucional que se haya dado. (…). La definición a la que finalmente llega Agustín es sencilla y a la vez conceptualmente muy densa: un pueblo, dice, es ‘un conjunto de seres racionales que comparten una comunidad de objetos amados’. Y a continuación agrega: ‘para saber qué es cada pueblo, hay que examinar los objetos de su amor’ (…)” (Da Silveira 2005).
 
No me parece muy difícil elaborar la lista de los “objetos amados” por los uruguayos. Me imagino que en este listado figurarían el mate y el asado, el fútbol y el carnaval, la brisa de la rambla y el aire del campo. Pero estoy seguro que, entre ellos, probablemente ocupando lugares destacados en el listado de la identidad, aparecerían un conjunto de “objetos amados” directamente relacionados con la política. Entre ellos estarían la pasión por la democracia, la participación política y el sufragio. En este subgrupo también figurarían, seguramente, la fobia a las jerarquías y a la concentración del poder. Los partidos políticos, más allá de aciertos y errores, de mejores y peores desempeños, fueron decisivos en la instalación y reproducción de estas preferencias.
 
 

Bibliografía

Achugar, Hugo (editor). 1991. Cultura(s) y nación en el Uruguay de fin de siglo, Montevideo: Logos-Fesur.

Achugar, Hugo y Gerardo Caetano (compiladores). 1992. Identidad uruguaya: ¿mito, crisis o afirmación?, Montevideo: Trilce.

Boidi, María Fernanda y Rosario Queirolo. 2010. Cultura política de la democracia en Uruguay, 2010, Latin American Public Opinion Project, Montevideo: USAID-UM.

Caetano, Gerardo, José Rilla y Romeo Pérez Antón. 1987. “La partidocracia. Historia y teoría de la centralidad de los partidos políticos”, Cuadernos del CLAEH Nº44.

De Armas, Gustavo y Adolfo Garcé. 1997. Uruguay y su conciencia crítica, Montevideo: Trilce.

González, Carolina. 2001. La construcción de la identidad uruguaya, Montevideo: Taurus-UCUDAL.

Da Silveira, Pablo. 2005. “La nacionalidad uruguaya como problema: entre Habermas y San Agustín, en Francisco Colom (editor). Relatos de Nación. La construcción de las identidades nacionales en el mundo hispánico, Volumen 2, Madrid y Frankfurt: Iberoamericana/Vervuert.

Rilla, José. 2008. La actualidad del pasado. Usos de la historia en la política de partidos del Uruguay (1942-1972), Montevideo: Debate.

Solari, Aldo. 1991. Partidos políticos y sistema electoral, Montevideo: FCU.

Real de Azúa, Carlos. 1990. Los orígenes de la nacionalidad uruguaya, Montevideo: Arca-Nuevo Mundo.
 
  • 1. A comienzos de la década del 90 del siglo pasado el debate sobre la identidad uruguaya fue muy intenso. Ver, especialmente, Achugar (1991) y Achugar y Caetano (1992). Participé, un poco después, en esta discusión en algunos textos. Ver: De Armas y Garcé (1997)
  • 2. Otros actores hicieron aportes de gran importancia en la construcción de este primer imaginario nacionalista. Entre ellos se destacan, en la literatura, Juan Zorrilla de San Martín y Juan Manuel Blanes. Una reconstrucción detallada de estos aportes puede verse en González (2001).
  • 3. El último informe sobre calidad de la democracia fue publicado por Economist Intelligence Unit. Ofrece un mapa cuidadosamente elaborado de los regímenes políticos en el mundo. Utiliza 60 indicadores agrupados en 5 categorías: i) proceso electoral, ii) participación, iii) funcionamiento del gobierno, iv) cultura política y v) libertades civiles. Clasifica a los países en cuatro grupos: democracias, democracias defectuosas, regímenes híbridos y regímenes autoritarios. En el ranking de calidad de la democracia Uruguay aparece en el puesto 21 de los 167 países estudiados. Es uno de los dos casos latinoamericanos clasificados como “democracias plenas”. El otro es Costa Rica que ocupa el puesto 24. Disponible en: http://graphics.eiu.com/PDF/Democracy_Index_2010_web.pdf
  • 4. El senador Jorge Larrañaga, uno de los dirigentes políticos más importantes del país, usa reiteradamente esta expresión.
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