Artigas de la Selva

Autor: 
Maggi, Carlos

Resulta incomprensible la historia de Artigas, si se omite un elemento fundamental. Y la historia oficial suprime los indios.

 
Los gauchos de esta Banda no fueron todos iguales; había por lo menos de dos clases: los gauchos orientales, que vivían al sur del río Negro; y los del Lejano Norte, que eran más rusticanos, hechos al desierto al cual no podían acceder ni los orientales y ni los porteños, porque los indios los mataban. A toda la región oriental al norte del río Negro la llamaban “La Sierra” y era territorio desconocido, impenetrable.
 
La leyenda negra de Artigas, fue encarada por nuestros historiadores de manera anacrónica. Los uruguayos pensaron que los porteños habían inventado una maldad para denigrar al general don José Artigas, un respetable vecino de Montevideo, nombrado Jefe de los Orientales.
 
La verdad indica que fue al revés. El desprecio por los vaqueros había empezado antes del nacimiento de Artigas. Mediaba un abismo entre la campaña oriental y la capital del virreinato.
 
Domingo Faustino Sarmiento no tuvo mucho que investigar para cortar en dos la realidad: civilización y barbarie. Y esa oposición (el menosprecio) era de ida y vuelta. 
 
En las instrucciones del año trece, un numeral exige expresamente, que la capital esté fuera de Buenos Aires
 
Posadas, el porteño que en cierto momento fue el hombre fuerte, publica un manifiesto contra los revoltosos artiguistas y termina preguntando: “¿Qué nueva especie de pueblos son éstos que jamás aparecen en traje correspondiente a su decoro?” Es un índice muy significativo el hecho que el Director Posadas los defina de ese modo imprevisto. Posadas lo dice porque sabe que en Buenos Aires lo van a entender. Esos mal vestidos, andrajosos, son los mismos a los cuales Artigas llamaría, poco después “los más infelices”.
 
Pasan pocos meses y, cuando el artiguismo (el federalismo) esté a punto de triunfar, Carlos de Alvear, refiriéndose a Artigas, dirá: 
 
--  “Sería indigno de nosotros, recibir la ley de un hombre desconocido”. Nadie habla así de un contrincante político. Tanto desdén, viene del sentimiento racial o clasista. 
 
Al borde del desastre, cuando el poder federal era incontenible, el Cabildo de Buenos Aires hará una proclama contra los artiguistas (que redacta Manuel Moreno, el hermano de Mariano Moreno) donde se pregunta: 
 
-- “¿Quién de vosotros pudo pronosticar... que un rústico concibiera el designio de sujetarnos a su antojo? ¿Quién pudo sospechar que un desconocido se propondría abatir el lustre de nuestros hogares?”
 
El origen de esta  irremediable diferencia social  (entre “los distinguidos” y “la chusma”) puede detectarse mucho antes: el plan revolucionario de Mariano Moreno, se presenta al inicio de la revolución mayo (1810); y allí Mariano Moreno aconseja conseguir el apoyo de dos vaqueros que se han hecho famosos en el desierto de la Sierra (El Lejano Norte de la Banda Oriental). El doctor Moreno  nombra expresamente a Rondeau y a Artigas. Pero en ese plan también nombra a un grupo de personajes de la Banda, a propósito de los cuales es más explícito: se debe conseguir su apoyo, dándoles los primeros cargos, “a un Valdenegro, a un Baltasar Vargas, o a los hermanos y primos de Artigas, a un Benavídez, a un Vázquez de San José y a un Baltasar Ojeday agrega el doctor Moreno que parecería  bien enterado: “sujetos que, por lo conocido de sus vicios, son capaces para todo, que es lo que conviene” y concluye: “después de éstos, (se debe conseguir) aquéllos de quienes se tenga informe por los jueces”.(!)
 
Niguno de la lista de estos presuntos delincuentes, dejó de ser –a su manera- un héroe de la revolución emancipadora; y casi todos, en algún momento fueron subordinados de Artigas.
 
Fue esta insalvable brecha entre civilización y barbarie,  la que determinó los enfrentamientos entre el gauchaje  y el indiaje artiguista y los señoritos  de la capital; eso marcó el curso de nuestra historia patria.
 
Artigas resultaba ser un bandolero debido a sus antecedentes “serranos” y sus colaboradores espantosos.
 
Los montevideanos son harina de otro costal; son criollos o colonos sobre los cuales no pesa una discriminación peyorativa; son considerados iguales a los de Buenos Aires, sean camaradas o adversarios. 
 
Montevideo es una ciudad de encrucijada y por eso mismo, padece un destino único: fue dominada (conquistada) ocho veces en 24 años; entre 1806 y 1830, fue sucesivamente: española, inglesa, española, porteña, oriental artiguista, portuguesa, brasileña y uruguaya. 
 
Sarmiento es el último eslabón  de una cadena: el intelectual talentoso que no descubre nada, sino que formula y analiza mejor que los demás, una cuestión social que rompía los ojos.
 
Ahora, que de la mejor manera está en auge atender a la sensibilidad de los tiempos coloniales, al despejarse los prejuicios y las emociones dominantes (la discriminación y el miedo racial) aparece en toda su miseria un mundo tosco y poco perceptivo de la naturaleza humana.  
 
Por supuesto, en el caso de Artigas, el desprecio inicial por su condición de habitante del Lejano Norte, se agravó cuando Artigas además de ser un rebelde imperdonable, resultó que convivía con los indios, gente de la peor ralea; canallas, asesinos, incendiarios, robadores de mujeres.
 
Charrúa por J.L. Zorrilla de San Martín
 
Hay que leer Martín Fierro para comprobar la distancia que había entre los gauchos alzados y los pampas promotores de malones. Los indios eran inferiores a los matreros.
 
En una sociedad que practicaba el esclavismo, podía admitirse sin rubor que los naturales de América (gente de otra raza, organizados en tribus prehistóricas) fueran considerados “la chusma” y se pudieran arrear, repartir, regalar, y someterlos al trabajo como si fueran animales.
 
 
Artigas pues, no padece una calumnia inventada contra él: Artigas ingresa justificadamente, a un repudio visceral preexistente; y la repugnancia que se redobla, cuando al cruzar la frontera de las culturas, se transforma en un “hombre suelto”, fuera de la ley, asimilado al desierto denominado desde lejos: La Sierra.
 
Ese alejamiento de la sociedad colonial, implicaba la presunción de ser un delincuente; para reingresar a la ciudad y alternar entre la gente bien o de bien, se requería un indulto. Vivir en La Sierra imponía una caída en la estima social; era abjurar de la patria y de Dios, era asociarse a los infieles.
 
Todavía hoy aparecen historiadores de fino olfato, rastreadores que niegan la vinculación de Artigas con los charrúas, alegando que era imposible que “ÉL” hubiera podido aguantar el olor de la indiada, mientras vivía en el seno de sus recursos, en Arerunguá, rodeado por la tribu charrúa. 
 
Los robos, las muertes y las depredaciones, los malones no fueron un cuento inventado para descalificar a nuestro héroe, eran el tema y el espanto, la pesadilla  que debieron enfrentar los conquistadores y los colonos que a sangre y fuego llegaban a esta parte de América, para apropiarse de la tierra y el ganado salvaje.
 
Hacia 1810, cuando empieza la revolución emancipadora, ese afán de lucro, ya había acorralando a los indígenas, hasta más allá del Río Negro.
 
Pero no era fácil sobrevivir al norte de ese río. Los infieles eran implacables con su enemigo mortal. 
 
El tema preferido, recurrente  en la sociedad colonial (la telenovela de los fogones y las reuniones de familia) fueron pues los tremebundos hechos de sangre; en primer lugar, las rapiñas, los copamientos y los atentados llevados a cabo por indígenas.
 
La historia de tantas muertes recíprocas, el odio carnal, engendrado y mantenido durante siglos, recién se aplacaría entre nosotros, cuando el ejército nacional  al mando del Presidente de la República, exterminó la nación charrúa. Los indios fueron emboscados en Salsipuedes durante el primer año de nuestra independencia (1831) y solo quedaron vivos unos pocos. Las mujeres y los niños fueron repartidos en Montevideo. Esto sucedió once años después de la ida de Artigas al Paraguay. Su tribu dejó de existir.
 
Lógicamente, con el genocidio, el miedo colonial cesó; pero el recuerdo espantoso y los prejuicios, no. Son esos repeluses los que hacen equivocarse grandemente, a la historia en uso.
 
 
A partir de una omisión madre, resulta imposible entender lo sucedido y alcanzar el sentido de múltiples episodios que explican en la actuación triunfal de Artigas y en definitiva, la  independencia uruguaya. Si se suprime la participación charrúa, las derrotas que los orientales le infringen a todas las demás provincias se hacen inexplicables. Sin embargo quienes se ocupan de desentrañar nuestro pasado, se niegan a transigir; prefieren dejar de entender, antes que admitir la presencia decisiva de los 500 jinetes invencibles que en cada oportunidad hicieron prevalecer la figura de Artigas.
 
Con los gauchos, la historia posterior, menos rencorosa, retocó la realidad.
 
El tiempo transcurrido y el uso reiterado de la literatura gauchesca que prevaleció en las tablados de carnaval ; y el nativismo cajetilla que preconizaba el folklore, hicieron que por los años veinte, los gauchos sueltos fueran revaluados: hubo una emoción infiel y reconquistadora.
 
Silva Valdés cantó lo campero a la francesa y Jorge Luis Borges, que entendía en inglés, lo apreció demasiado, desde el barrio norte.
 
Por iguales motivos, Montevideo levantó un monumento de bronce verde al iniciarse la calle Constituyente; y aparecieron parrilladas con leña de monte, en medio de la ciudad. Recién ahí, Borges empezó a entrever que algo andaba mal y habló de “establecimientos tradicionales de creación reciente”; también se ajustaban a esta definición los gauchos del Viejo Pancho o de Juan Cruz Tranquera y los que infestan el sainete nacional, antes de culminar con el viejo Zoilo; que es otro como Juan Moreira, al cual todos le pegan para beneficio de la cursilería popular.
 
Monumento a El Gaucho. J.L. Zorrilla de San Martín
 
Lo cierto es que los indios no tuvieron mejoría, debido a ese giro admirativo del chiripá. El rencor persiste. El Uruguay se ufanó durante los años dorados, a principios del siglo XX, de su ventaja racial : desde Salsipuedes,  el país no tiene indios; y los intelectuales que participaron de ese orgullo, se encargan todavía de alterar el pasado en función de la mala acción cometida;  borran la presencia indígena de los grandes hechos aunque los papeles prueben su principalía. El "Archivo Artigas" (una obra descomunal y admirable) discrimina contra ellos en muchos detalles y se niega, incurriendo en un ridículo mayor, a incluir en su monumental seríe de documentos, la carta que Artigas le enviara al Caciquillo.
 
Humana flaqueza.

 

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