Artigas de la Selva

Autor: 
Maggi, Carlos

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Artigas pues, no padece una calumnia inventada contra él: Artigas ingresa justificadamente, a un repudio visceral preexistente; y la repugnancia que se redobla, cuando al cruzar la frontera de las culturas, se transforma en un “hombre suelto”, fuera de la ley, asimilado al desierto denominado desde lejos: La Sierra.
 
Ese alejamiento de la sociedad colonial, implicaba la presunción de ser un delincuente; para reingresar a la ciudad y alternar entre la gente bien o de bien, se requería un indulto. Vivir en La Sierra imponía una caída en la estima social; era abjurar de la patria y de Dios, era asociarse a los infieles.
 
Todavía hoy aparecen historiadores de fino olfato, rastreadores que niegan la vinculación de Artigas con los charrúas, alegando que era imposible que “ÉL” hubiera podido aguantar el olor de la indiada, mientras vivía en el seno de sus recursos, en Arerunguá, rodeado por la tribu charrúa. 
 
Los robos, las muertes y las depredaciones, los malones no fueron un cuento inventado para descalificar a nuestro héroe, eran el tema y el espanto, la pesadilla  que debieron enfrentar los conquistadores y los colonos que a sangre y fuego llegaban a esta parte de América, para apropiarse de la tierra y el ganado salvaje.
 
Hacia 1810, cuando empieza la revolución emancipadora, ese afán de lucro, ya había acorralando a los indígenas, hasta más allá del Río Negro.
 
Pero no era fácil sobrevivir al norte de ese río. Los infieles eran implacables con su enemigo mortal. 
 
El tema preferido, recurrente  en la sociedad colonial (la telenovela de los fogones y las reuniones de familia) fueron pues los tremebundos hechos de sangre; en primer lugar, las rapiñas, los copamientos y los atentados llevados a cabo por indígenas.
 
La historia de tantas muertes recíprocas, el odio carnal, engendrado y mantenido durante siglos, recién se aplacaría entre nosotros, cuando el ejército nacional  al mando del Presidente de la República, exterminó la nación charrúa. Los indios fueron emboscados en Salsipuedes durante el primer año de nuestra independencia (1831) y solo quedaron vivos unos pocos. Las mujeres y los niños fueron repartidos en Montevideo. Esto sucedió once años después de la ida de Artigas al Paraguay. Su tribu dejó de existir.
 
Lógicamente, con el genocidio, el miedo colonial cesó; pero el recuerdo espantoso y los prejuicios, no. Son esos repeluses los que hacen equivocarse grandemente, a la historia en uso.
 
 
A partir de una omisión madre, resulta imposible entender lo sucedido y alcanzar el sentido de múltiples episodios que explican en la actuación triunfal de Artigas y en definitiva, la  independencia uruguaya. Si se suprime la participación charrúa, las derrotas que los orientales le infringen a todas las demás provincias se hacen inexplicables. Sin embargo quienes se ocupan de desentrañar nuestro pasado, se niegan a transigir; prefieren dejar de entender, antes que admitir la presencia decisiva de los 500 jinetes invencibles que en cada oportunidad hicieron prevalecer la figura de Artigas.
 
Con los gauchos, la historia posterior, menos rencorosa, retocó la realidad.
 
El tiempo transcurrido y el uso reiterado de la literatura gauchesca que prevaleció en las tablados de carnaval ; y el nativismo cajetilla que preconizaba el folklore, hicieron que por los años veinte, los gauchos sueltos fueran revaluados: hubo una emoción infiel y reconquistadora.
 
Silva Valdés cantó lo campero a la francesa y Jorge Luis Borges, que entendía en inglés, lo apreció demasiado, desde el barrio norte.
 
Por iguales motivos, Montevideo levantó un monumento de bronce verde al iniciarse la calle Constituyente; y aparecieron parrilladas con leña de monte, en medio de la ciudad. Recién ahí, Borges empezó a entrever que algo andaba mal y habló de “establecimientos tradicionales de creación reciente”; también se ajustaban a esta definición los gauchos del Viejo Pancho o de Juan Cruz Tranquera y los que infestan el sainete nacional, antes de culminar con el viejo Zoilo; que es otro como Juan Moreira, al cual todos le pegan para beneficio de la cursilería popular.
 
Monumento a El Gaucho. J.L. Zorrilla de San Martín
 
Lo cierto es que los indios no tuvieron mejoría, debido a ese giro admirativo del chiripá. El rencor persiste. El Uruguay se ufanó durante los años dorados, a principios del siglo XX, de su ventaja racial : desde Salsipuedes,  el país no tiene indios; y los intelectuales que participaron de ese orgullo, se encargan todavía de alterar el pasado en función de la mala acción cometida;  borran la presencia indígena de los grandes hechos aunque los papeles prueben su principalía. El "Archivo Artigas" (una obra descomunal y admirable) discrimina contra ellos en muchos detalles y se niega, incurriendo en un ridículo mayor, a incluir en su monumental seríe de documentos, la carta que Artigas le enviara al Caciquillo.
 
Humana flaqueza.

 

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