Montevideo más allá del Bicentenario

 
El sector empresarial como factor dinamizador
 
Tres manifestaciones de la iniciativa privada tuvieron especial incidencia en la expansión de la ciudad: las empresas tranviarias que instalaron las líneas de transporte urbano, la industria manufacturera que se localizó preferentemente en la Áreas Exteriores y las compañías inmobiliarias que llevaron a cabo el fraccionamiento de predios anteriormente destinados a chacras y quintas, creando la sucesión de barrios que formaron la ciudad “expandida”.
 
A partir de 1868, superando los anteriores servicios de diligencias y carruajes, se introdujo un importante adelanto técnico en el transporte colectivo: la instalación de líneas de tranvías con tracción animal que rodaban sobre rieles de hierro.
 
Recorridos de líneas de ferrocarriles y tranvías (1869)
 
En el transcurso de los años 1906 y 1907, las líneas tranviarias que hasta entonces se movían por tracción a sangre, fueron electrificadas. La introducción de esta revolucionaria mejora técnica, trajo como resultado que los servicios que hasta entonces alcanzaban a la Villa del Cerro y al Pueblo Ituzaingó como puntos más alejados, se extendieran a las localidades de Sayago, Colón, y Piedras Blancas, cubriendo un radio de casi 15 kilómetros. Al mismo tiempo, la ampliación de la cobertura territorial, el aumento de las frecuencias, la mayor capacidad de los vagones empleados y la reducción del costo de los pasajes a que se hará referencia, promovió una mayor movilización de los montevideanos. En efecto: los 60 viajes anuales per cápita registrados en 1890, aumentaron a 124 en 1907 y a 248 en 1913.
 
Con la electrificación, el precio de los pasajes bajó considerablemente, beneficiando sobre todo al sector popular. Dicha reducción tarifaria osciló entre el 25 y el 60%. A ello debe agregarse el establecimiento de un servicio especial llamado “tranvía obrero” que circulaba durante las primeras y últimas horas de la jornada de labor y cuyo costo era el 50% de las tarifas de los servicios ordinarios.
 
De todas formas, la considerable disminución del costo del transporte urbano que aparejó el cambio del sistema de tracción, para muchos montevideanos aun continuaba siendo una carga pesada.
 
La incidencia de las empresas sobre el territorio, trascendió la mera prestación del servicio de transporte, al integrarse con actividades empresariales paralelas, que los mismos emprendimientos tranviarios promovieron y que resultaron factores efectivos de urbanización.
 
El especulador inmobiliario buscó maximizar la rentabilidad de sus inversiones, tanto a través de la construcción de viviendas para arrendar, como a través del fraccionamiento de grandes predios. Para esto último, se buscaban tierras estratégicamente localizadas, ya fuese por su fácil conectividad, por sus reales o supuestas condiciones ambientalmente favorables y en particular, por la cercanía a establecimientos industriales preexistentes, de modo de captar el interés del obrero de bajos recursos, atraído por el posible ahorro del costo del transporte.
 
Como fue ya explicitado, tanto en los sectores medios como en el sector popular, la apetencia por acceder a la propiedad, tuvo un peso prevalente.
 
Resulta incuestionable el aumento experimentado en el periodo intercensal 1889 – 1908 de la población que habitaba en casa propia, particularmente aquella afincada en las Áreas Exteriores. El hecho de que el mayor aumento de la población propietaria se diera en esas áreas (obviamente de menor valor e inferior dotación de servicios públicos que en el Área Central), permite inferir que un importante número de esos propietarios pertenecieron al sector popular. Se ha estimado en algo más del 42% de los habitantes propietarios de ese estrato social; porcentaje significativo que confirma la trascendencia que tuvo ese sector poblacional en lo que se ha dado en llamar el “Montevideo de la expansión”.
 
Parece incuestionable el papel neurálgico que el empresario inmobiliario tuvo en el crecimiento de la ciudad durante el período considerado; y acorde al espíritu liberal de la época, el agrimensor a su servicio se transformó en el concreto diseñador de la trama urbana.
 
Desde la década del 60 y alentadas por los altos rendimientos derivados del negocio de los fraccionamientos, surgió una multiplicidad de compañías inmobiliarias entre las que sobresalió “La Industrial”, fundada en 1873 por el carismático y ya citado Francisco Piria.
 
Tales emprendimientos partieron del supuesto que entre los integrantes de los sectores populares había cierta capacidad económica como para acceder a la propiedad, por lo que se procuró captarlos como clientes. Para ello se recurrió no sólo a una hábil promoción publicitaria, sino fundamentalmente, a la instrumentación de mecanismos de financiamiento que facilitaron la adquisición de terrenos.
 
Los procedimientos de captación puestos en juego, reveladores de una fecunda inventiva, se trasuntan nítidamente en la promoción publicitaria para la venta en subasta pública de solares, que el especulador inmobiliario realizaba a través de afiches de distribución callejera o anuncios publicados en la prensa. En esta actividad, Francisco Piria fue pionero y conductor; muchos de los artilugios habituales y generalizados, fueron producto de su inventiva, dando muestras de una imaginación desbordante.
 
Uno de los temas frecuentemente manejados por el especulador como herramienta sicológica en la promoción de sus negocios, fue el de la salud.
 
La población alentaba un miedo cerval a las enfermedades, especialmente las epidémicas, que frecuentemente azotaban a la ciudad, dejando trágicas secuelas. Se creía que las enfermedades eran producidas por ‘miasmas’ y ‘emanaciones’. En consecuencia se consideraba que la remoción del aire por el viento, la ventilación o cualquier otro medio, constituía una terapia eficaz. A tal grado estaba arraigado ese concepto que con motivo de la epidemia de fiebre amarilla del año 1857, un periodista llegó a proponer, sin que aparentemente provocase el asombro público, disparar cañonazos al aire para remover la atmósfera y dispersar las "perniciosas emanaciones”.
 
La consideración de la calidad ambiental de los barrios, no fue por cierto invención del capitalista montevideano, sino que venía avalada por la ciencia higienista europea, la que incidió considerablemente en la propia teoría de la arquitectura y del urbanismo del siglo XIX y comienzos del XX.
 
En forma insistente en los anuncios de remate, se hacía alusión a las condiciones higiénicas de los barrios ofrecidos en subasta. Los especuladores destacaban habitualmente las favorables condiciones “sanitarias” de los solares ofrecidos, aludiendo con especial énfasis, a la altitud de los terrenos.
 
Valga el ejemplo del siempre inefable Francisco Piria que, al ofrecer a la venta un nuevo barrio con el sugestivo nombre de “Aires Puros”, lo calificaba de “nido de cóndores”.
 
Qué tales ocurrencias no eran privativas de Piria, pueden acreditarlo las siguientes consideraciones que otro rematador publicaba en la Tribuna Popular, anunciando un remate de lotes en el Barrio Progreso:
 
“…en la parte más alta de los alrededores de Montevideo, con un panorama privilegiado (una verdadera Suiza)… el más alto, el más sano, como lo certifican los principales higienistas: un verdadero «sanatorio»”.
 
Pero por sobre todo, el promotor solía destacar la importancia de alcanzar la propiedad a bajo costo, con la expectativa de una rápida y segura valorización; y facilitando, gracias a la práctica de la contención y el ahorro, el acceso a un futuro promisor.
 
El siempre desbordante Piria, brinda nuevamente un apoyo testimonial: «con ahorrar un cigarrillo de papel, 2 vintenes de tren y un escarbadientes por día se puede adquirir uno de estos lotes y al cabo de 30 o 40 meses, antes de concluir de pagarlo valdrá 10 veces más del precio al que hoy lo pueden comprar. Vendemos por mensualidades pequeñas, bien pequeñas, para que todos los que aún no son propietarios y ganan poco y pueden ahorrar algo, aprovechen el momento y adquieran uno de estos lindo lotes asegurando sus economías y formándose así insensiblemente un verdadero y sólido porvenir»”.
 
Una de las modalidades  de venta a plazos – invención de Pira y de su uso casi exclusivo – se caracterizaba por el hecho de preestablecer, para cada solar, una cuota mensual fija (entre $ 1 y $ 5, según la ubicación y el tamaño del lote); de esa forma el eventual interesado podía evaluar, de acuerdo a sus ingresos mensuales, si estaba en condiciones de adquirir uno de los solares. (En el remate, los ofertantes pujaban sobre el número total de cuotas a pagar).
 
No cabe duda de la sagacidad y eficacia del empresario privado para efectuar una oferta atractiva, acorde con la capacidad de pago de un  señalable porcentaje  de  los habitantes de ingresos medios y de aquellos otros pertenecientes al sector popular.
 
No cabe duda tampoco que en gran medida, fueron ellos quienes dinamizaron el desarrollo expansivo de Montevideo, al menos hasta mediados del pasado siglo.
 
Pero no cabe duda tampoco, que ese proceso careció de una visión totalizadora y planificada del territorio urbano, en consonancia con las concepciones ideológicas del liberalismo, algo claudicantes aunque por entonces, todavía vigentes.
 
A pesar de ello, la ciudad – concebida como sustento material y como población allí asentada – alcanzó una organización relativamente equilibrada y en no pocos barrios arquitectónica y espacialmente atrayentes.
 
Aún teniendo en cuenta la estratificación socio-económica de la población montevideana en el período considerado, fueron significativas las posibilidades de ascenso social de un considerable porcentaje de los sectores populares.
 
Situación contrastante respecto a la desestructuración social y territorial que en particular sufrió Montevideo, originada en el explosivo desborde de la “mancha urbana” causada por la multiplicidad de asentamientos y por la dramática pauperización registrada a partir de la década del 70.
 
Compleja realidad, a 200 años de 1811, cuya superación, lamentablemente, no se percibe aún como de fácil y pronta instrumentación.
 
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