Cultivo y cultura

 
El cultivo de las artes y las letras, a menudo huérfano de patrocinios o ajeno a todo apoyo oficial, ha librado grandes batallas en el Uruguay y ha ganado algunas de ellas. Ahora se trata de que no pierda la guerra. Puede sorprender la escasez de recursos y de fuerzas con que ese campo cultural ha emprendido su lucha histórica, pero ese mismo dato sirve para comprender que el fervor vocacional, la capacidad de trabajo, el ingenio, la audacia planificadora, el talento y las convicciones militantes de la gente del sector han sido una buena compensación para aquellas carencias y fragilidades. Pueden sobrar los dedos de las manos para contabilizar a los verdaderos animadores culturales que ha tenido el medio montevideano durante los últimos 75 años, cuyo impulso debe figurar por detrás de iniciativas como la Federación Uruguaya de Teatros Independientes, la Cinemateca Uruguaya, la Unión de Artistas Plásticos Contemporáneos, el Centro Cultural de Música o las Muestras Internacionales de Teatro de Montevideo, entre otras convocatorias, organizaciones gremiales, grupos estables o instituciones artísticas que han figurado como dinamizadores de la actividad y responsables del prestigio que llegaron a tener esos terrenos de expresión. Y si sobran diez dedos, es preciso tener cuidado, porque también pueden escasear los suplentes capacitados y dispuestos para continuar el combate cuando los titulares desaparezcan.
 
"Cinemateca Uruguaya".
 
La cultura local en esas áreas fue levantando vuelo gradualmente a partir de los años 30, a medida que se encarrilaban los cuerpos estables del Sodre, los cine-clubes, el elenco oficial, los grupos independientes y los salones nacionales y municipales, junto con todo lo cual fue robusteciéndose la crítica especializada hasta asumir niveles inéditos de rigor, alcance formativo, erudición y calidad expresiva, mientras iba creciendo un público selectivo que durante el período de auge tendría concurrencia masiva a espectáculos y muestras de jerarquía. Al respecto es interesante recordar que a mediados de los años 50, Cine Universitario del Uruguay era el cine-club más grande de Latinoamérica y que en 1953 se vendieron más de 19 millones de entradas a los cines montevideanos, lo cual ocurría en una ciudad que tenía la mitad de los habitantes que tiene hoy. Eso se repetía en el circuito escénico, donde las salas solían estar llenas, ofrecían seis funciones por semana y tenían éxitos capaces de mantener una obra en cartel durante seis años consecutivos. El apogeo también se reflejaba en la asistencia de la gente a espacios de exposiciones plásticas, con un extremo multitudinario en el Subte Municipal, donde todas las tardes había cientos de visitantes, tendencia que se mantuvo invicta durante aquella década y que junto a otras características de la vida política, económica y social del país permitía tener expectativas sobre un futuro alentador, asistido por la estabilidad y el paulatino enriquecimiento de marco cultural.
 
A eso se agregaba el formidable intercambio artístico con el exterior, sobre todo en materia de teatro, de música académica, de estrellas coreográficas y de muestras internacionales de alto nivel, por no hablar de la vastedad de una cartelera cinematográfica abastecida por material de procedencia múltiple y de envidiable calidad, con todo lo cual Montevideo -eje hipertrofiado del país- tuvo un perfil de ciudad permeable, abierta a las mejores influencias del extranjero y entusiasta consumidora de esos ejemplos artísticos de los mayores centros de irradiación, aunque también de los países de la región. Tales expansiones fueron sin embargo paradojales, porque mantuvieron su empuje y buena parte de sus brillos mientras en el país comenzaban a asomar los signos de la crisis. En el segundo semestre de 1958 la devaluación de la moneda golpeó severamente a la población, como una grieta repentina en la meseta de equilibrio que hasta entonces se extendía gracias en parte a la avidez de los mercados mundiales de posguerra, aunque ese no fue el único indicio, porque también en esa fecha comenzaron a recorrer la capital las primeras marchas masivas de obreros y estudiantes, que no tenían precedentes pero eran anunciadoras de las zozobras que vendrían a continuación. De hecho, las inquietudes sindicales, la incipiente sombra del desempleo, la protesta estudiantil, la polarización de las ideas y la pérdida de poder adquisitivo de la clase trabajadora, llegarían en los años siguientes con creciente incidencia, reflejándose en la declinación del público de espectáculos y de otras actividades culturales, en una gráfica que fue agudizándose durante la década siguiente.
 
Los años dorados sirvieron a toda una generación para obtener invalorables puntos de referencia y establecer índices comparativos de gran exigencia, permitiéndole medir la escala de valores de lo que veía o escuchaba, de lo que juzgaba o comentaba, colaborando de manera decisiva en la firmeza de un sedimento cultural, privilegio que no se repetiría en el medio siglo posterior. Por eso los montevideanos viejos que tuvieron la buena suerte de vivir esa época, saben lo desairado que puede ser un nuevo rico, pero sobre todo saben lo triste que puede ser un nuevo pobre, al hacer el inventario de los beneficios culturales que la ciudad tuvo y luego perdió. En esa pérdida jugó un papel destacado la pendiente hacia una desconocida violencia política y un posterior descalabro institucional que desembocaría en la intolerancia dictatorial y la persecución ideológica, vorágine que tragó a una porción considerable del trajín cultural a través de la clausura o disolución de entidades, la presión de la censura o la emigración de talentos. A esa altura, el medio escénico, el cinematográfico y el musical asumieron un carácter combatiente, aprendiendo a manejar los recursos del eufemismo, el interlineado o la metáfora para divulgar ideas de acuerdo a lo que cada momento permitía. Pero a mediano plazo fue inevitable la pérdida de fuerzas y de capacidad de maniobra, un drenaje que determinó -en el filo entre los años 60 y los 70- el paulatino empobrecimiento en la sustancia y el ritmo de los trabajos, la retracción creciente del público y las cortedades que puede determinar el temor ejercido desde los centros de poder, de forma tal que a cierta altura la vieja generación supo que había sido formada para vivir en un medio que ya no existía.
 
 
La recuperación democrática -en la que se depositaron más ilusiones culturales de las aconsejables- no resucitó el clima, la capacidad de desarrollo ni los destellos formales o conceptuales del pasado. En esa nueva etapa, Montevideo ya se había cerrado a la mayor parte del intercambio con el exterior, ya no tenía la atmósfera estimulante y ni siquiera tenía el desahogo económico de los viejos tiempos. La marcha del teatro, la de la cultura cinematográfica o la del circuito musical defraudó a los testigos veteranos y optimistas, aunque se sigiuió peleando con menos fuerzas y menos empuje como mejor se pudo, que no ha sido mucho. En ese período de desencanto que ha durado hasta la actualidad para quienes tenían memoria buena y larga, incluso los certámenes y premios en el campo cultural perdieron parte de la aureola que alguna vez tuvieron, sin que se hayan inventado alternativas igualmente reanimadoras o herramientas de renovación capaces de vitalizar un medio que en unos cuantos aspectos sigue pareciendo crepuscular. Ello confirma que ningún momento de auge, y ninguna etapa decadente, son hechos casuales ni fenómenos aislados. Todo se manifiesta dentro del marco de condiciones ambientales capaces de respaldar o deprimir un impulso colectivo. Cabe recordar el sarcasmo de Vázquez Montalbán ("Estábamos mejor contra Franco") al meditar en los comienzos de la España democrática sobre la fibra más consistente que había tenido el cine de ese país cuando debió resistir la dictadura, en contraste con la declinación que atravesó luego de ella. Es necesario que los jóvenes de hoy puedan reflexionar sobre esos altibajos y contrastes, para estar en condiciones de entender la dinámica de los procesos, sus causas visibles o profundas y las consecuencias que arrastran. Como emblema de la hondonada en que había caído el medio artístico y de la trabajosa recuperación que luego sobrevino, pero también como síntoma de la postergación que puede sufrir la cultura local, el Estudio Auditorio del Sodre, que se había incendiado en setiembre de 1971, demoró 37 años en ser reconstruído y volver a funcionar.
 
 
Izquierda: "El Urquiza", posteriormente sede del Estudio Auditorio del Sodre (1931-1971)
 
Derecha: "Auditorio Nacional Adela Reta", inaugurado en noviembre de 2009.
 
La clase dirigente de este país nunca creyó que las actividades culturales deben ser prioritarias para la buena marcha de una comunidad, y ese desconocimiento sólo se ha salvado ocasionalmente gracias a la visión individual de algunas personas fuera de lo común, convencidas de que el Uruguay debía tener concursos nacionales de arte, una orquesta sinfónica oficial o una compañía estable de repertorio, cuya continuidad le permite ser hoy (a los 64 años de actividad) la más antigua del hemisferio. Pero esa gente tan tenaz escasea, de la misma manera en que escasean los animadores culturales en la esfera privada, de modo que parece prudente no confiar en la vida eterna de las instituciones artísticas y apostar en cambio al empeño que necesitan para sostenerse en pie y prolongar su vitalidad. A ese empeño deben comprometerse las generaciones jóvenes que carecen de recuerdos remotos, para tomar conciencia de la necesidad de recuperación que tiene la cultura local y el poco respaldo que la acompaña. Lo dice un viejo periodista que entre otras cosas -por ejemplo- ha sido observador del proceso descendente sufrido por la crítica durante los últimos tiempos, tendencia que es apenas el reflejo de otras similares, mientras esa crítica también pierde poco a poco los espacios que tuvo en la prensa y hasta en los medios audiovisuales.
 
"Orquesta Filarmónica de Montevideo"
 
Que la cultura artística mantenga sus bríos es indispensable, porque sólo así se abren ventanas hacia un mayor conocimiento y una mejor comprensión del hombre y el mundo, como ocurre con un cine de jerarquía que ya no se exhibe con la frecuencia de antes, o como sucede con la entraña de los grandes textos (y los mejores montajes) de la escena. De eso depende la sensibilización popular, enemiga del embrutecimiento y la sordera, y eso debe defenderse obstinadamente para que una sociedad no naufrague en el pasatiempo fácil, la basura televisada, la complacencia, la vulgaridad o el sopor de los sentidos. En los medios de comunicación se emplea cada día peor el idioma, lo cual también es un baluarte cultural en serio peligro, y nadie parece alarmarse ante el fenómeno, que determinará -de seguir así- un empobrecimiento irreversible. Sólo robusteciendo la presencia de la cultura en el medio social podrá frenarse el deterioro, que en alguna medida se acentúa por la pérdida de ciertos hábitos de encuentro, integración y reconocimiento como los de un público que se reunía en las salas de espectáculos y ahora se dispersa en la contemplación solitaria de la televisión, cambio que también es un factor de riesgo para mantener la integridad de una malla cultural. Cuando pase el tiempo, esta época podrá evocarse como un período de desconcierto y de lucha desigual para los lenguajes artísticos, donde la confusión de valores puede creer que la improvisación, el desplante o el oportunismo son equivalentes de la maestría, tal vez porque también considera que las apariencias pueden ser tan útiles como la verdad. Eso merece otro esfuerzo reflexivo y otra actitud de resistencia para ennoblecer no sólo el presente, sino además asegurar el futuro.
 
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