Una imagen de la independencia y de la identidad nacionales: inauguración, reiteración y ruinificación

 
Esta predisposición estatal a propiciar la “invención” de la historia nacional es la encargada de propiciar, al mismo tiempo, la “invención” del lenguaje para representarla.
 

J.M. BLanes. “Juramento de los 33 Orinetales”. Museo Blanes. Montevideo.

J.M. BLanes. “Juramento de los 33 Orinetales”. Museo Blanes. Montevideo.

En este sentido, Blanes procura una adaptación ecléctica de diversos recursos al servicio de sus propósitos políticos operando entre un naturalismo idiosincrásico y un academicismo heterodoxo.  
 
La interpretación de la gesta independentista respecto del Imperio de Brasil planteada en este cuadro de Blanes, se nutre, al mismo tiempo, de una cierta distancia que el artista adopta en el plano estético respecto  al modelo de Europa. Su eclecticismo programático no sólo es una opción estético-doctrinaria, sino, paralelamente, una opción político-ideológica: es el espacio de aquél «espíritu de fusión», cuya convocatoria moral y política iba más allá del bipartidismo, pretendiéndose capaz de unificar en torno suyo un espectro diverso de intereses económicos, sectarismos políticos y proyectos de Estado.
 
Según las propias palabras del pintor, aquel programa implicaba “sacar a la superficie las verdades históricas que viven confundidas en el ruido del desasosiego político y social, para hacer con ellas un arte que no sólo da fe en la historia de las naciones, sino que ha de servir a la moral”.
 
De acuerdo a esto, la función del artista/pintor coincide con la función del historiador: ambos deben, desde lugares diferentes, contribuir a la construcción del mito desde una perspectiva ética (no olvidemos que Blanes era admirador de Berra). Por un lado la moral -en tanto sistema normativo de la heroicidad-, y por otro la historia (es decir, la historiografía), en tanto sistema enunciativo de la pertenencia, constituyen dos fundamentos dinámicos en la construcción de nacionalidad, a los que Blanes ofrece sus servicios.
 
“La independencia uruguaya –afirma Blanes en su “Memoria”-, motivo de mi predilección, llevaba la vida vaga de la cuna […] y sus puntos primitivos, por su carácter colonial, provincial y confuso [...] no podrían consagrarse en la pintura antes que la historia escrita definitivamente lo hubiera hecho por su parte. Sólo en el 19 de abril de 1825 la independencia nacional había puesto su pie con firmeza en esta tierra” 2 
 
Es interesante señalar los tres impedimentos que menciona Blanes para considerar en su pintura la gesta artiguista: carácter colonial, provincial y confuso. Sin embargo, el episodio de 1825 no se produce en condiciones demasiado diferentes a las enunciadas, pero en 1877, ese episodio tiene la virtud de un símbolo destinado a confirmar la inexistencia, ya entonces, de aquéllas adversidades. Es el propio cuadro el que vendría para decir “hoy no hay colonialismo, sino independencia; no predomina un imaginario provincial, sino nacional, no hay confusión política sino consolidación del Estado”.
 
La Memoria sobre el cuadro de los Treinta y Tres, texto que acompaña a la obra, despliega un acta confesional de fe racionalista en la cual el masón Blanes pretende fundamentar su obra con la metodología argumental del racionalismo deísta propio de la época. “Si eligiendo sujetos en pintura –dice-, mi propósito es nacional, entiendo cumplir con mi deber estando dentro de lo razonable” 3  . Pero lo razonable no excluye lo ficcional, y esta conciencia de estar operando en la frontera entre lo “verdadero” y lo “fantástico” se encuentra ya en la carta que, en febrero de 1866, había enviado al gobierno de Montevideo. En ella decía: “El abajo firmado quedará autorizado para permitirse las licencias que el Arte reclama, siempre que estas licencias no comprometan la historia y la unidad del asunto representado. A propósito […] el artista opinaría y optaría por alterar la hora histórica, cambiando la noche por la madrugada, salvo el caso que la Comisión se conforme con la monotonía del colorido, nunca verdadero, de la palidez de la luna” 4.

 

Esta tensión entre veracidad y verosimilitud -entendiendo por esta última la credibilidad potencial del hecho representado-, pertenece a la problemática de toda historia narrada. “Es un principio artístico universalmente recibido -dice Blanes- que hay verosimilitudes preferibles a muchas verdades [...] He adoptado pues por la verosimilitud del juramento, porque es conveniente a la moral y necesario a la composición”5.   
La conveniencia moral radicaría, entre otros aspectos, en reivindicar el ethos colectivo de corte republicano que hace que el grupo se jure a sí mismo negándoselo a un superior, como sería el caso del antropomorfismo político en las sociedades monárquicas o autoritarias. Dice Blanes: “La arenga o proclama que Lavalleja dirigió a sus compañeros, parecía uno de los mejores episodios; pero encontré razones para no adoptarlo, porque la conveniencia no estaba en distinguir demasiado al jefe, sino caracterizar igualmente el propósito del que estaba animado esa colectividad de héroes [...]” 6. El énfasis no está puesto en el contrato social para un virtual proyecto de Estado, sino en la presunción de que la nación se inicia en un acto de voluntad y compromiso ético colectivos.
 

Jacques L. David. “Juramento de los Horacios”.1784 (Fragmento)

Jacques L. David. “Juramento de los Horacios”.1784 (Fragmento)

Es posible señalar, con reparos, ciertas analogías entre El Juramento de los Horacios, de David, y el cuadro de Blanes. Más allá de las similitudes iconográficas implicadas en el gesto juramental a la manera romana, está el hecho de que en el texto de ambas representaciones la noción de pueblo es un significante ausente, o, en el mejor de los casos, aludido por elipsis, ya que si bien ambas refieren a mitos fundacionales, tienen en común la idea de nación fundada en la primacía protagónica del patriciado, aún al servicio de causas republicanas.

El pintor no escatima críticas al neoclasicismo de la escuela francesa de David cuando declara: “¿Qué significa Napoleón I vestido a la romana antigua? ¿No es más verdad Garibaldi, italiano, con su poncho platense?”7.   

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