Entre los grandes vecinos y las grandes potencias. La inserción internacional del Uruguay: etapas y contextos.

 
II. Gran Bretaña, la potencia mundial (1870-1930)
 
Metrópolis indiscutida (1865-.1900).  Entre 1865 y 1890 corren los años del asentamiento del “imperio informal” británico en Uruguay. En 1863 la instalación del Banco de Londres y Río de la Plata fue la señal de que algo comenzaba a cambiar. A ésta siguieron otras inversiones, aunque el ritmo fue lento: no estaban dadas las condiciones de estabilidad política y garantías que reclamaba el capital inglés. A tal punto eso era así que en 1871, el mismo año en que el gobierno uruguayo coloca el primer empréstito público en Londres, un fuerte incidente entre el Cónsul inglés y el Presidente Lorenzo Batlle –originado, como tantos otros, por el trato a un súbdito británico- termina con la ruptura de relaciones entre ambos países. Con la llegada del militarismo en 1876 –el mismo año en que la Reina Victoria sería coronada Emperatriz de la India- también llegaron las ansiadas garantías y, entre ellas, la más ansiada (porque era garantía de las otras): la reanudación de las relaciones diplomáticas, en 1879. A partir de 1880 las inversiones fluyen en forma creciente, y en 1881 el Ministro británico en Montevideo podría afirmar que “todas las empresas industriales que tienen alguna importancia en este país están en manos de ingleses”. En 1885, una prematura misión comercial norteamericana visitaba el país, buscando estrechar los lazos económicos y las comunicaciones –ambos de muy escasa consistencia. Al finalizar la entrevista que los comisionados mantuvieron con el Gral. Máximo Santos, éste subió a su carruaje y se trasladó hasta la residencia del Ministro de Su Majestad a informarle lo conversado. Novedoso protocolo, a tono con el nuevo status del país: ya éramos parte del “imperio informal” británico. 
 
En 1889 Uruguay participaría displicentemente de la Primera Conferencia Interamericana (Washington). Por ese entonces Uruguay ocupaba el cuarto puesto entre los países de América Latina con mayor nivel de inversiones británicas. El período expansivo de las inversiones británicas fue bruscamente interrumpido por la crisis de Baring en 1890-91. Sus graves consecuencias sobre toda la estructura económico-financiera del país, y el rol de los capitales británicos en el proceso, aparejaron un fuerte cuestionamiento –entre ellos, de Batlle y Ordóñez- sobre el modelo de desarrollo procesado a su amparo. Se abría una nueva etapa. Por el resquicio de la puerta, asomaba un nuevo actor.
 
El Tío Sam asoma la cabeza (1901-1930). En 1901 moría la Reina Victoria, poniendo fin a una era. Ese mismo año, el gobierno del Presidente Cuestas pedía a Estados Unidos que garantizase la neutralidad del país en caso de que estallara la guerra entre Argentina y Chile. Tres años más tarde, durante la revolución de Aparicio Saravia, el Presidente José Batlle y Ordóñez haría una gestión similar: pediría a Estados Unidos el envío de un buque de guerra para que remontara el Río Uruguay, en tácita advertencia a Argentina para que cesara su apoyo logístico a los revolucionarios. Los buques llegaron cuando Saravia había muerto y la revolución había terminado. ¿Cómo interpretar estos dos hechos tan significativos? 
 
Después de la Guerra hispano-norteamericana de 1898 –en la que la opinión pública uruguaya pareció apoyar mayoritariamente a la vieja metrópoli- Estados Unidos se mostraba como la gran potencia del continente americano, peligrosamente interesada en expandir su influencia en la región, fundamentalmente en la zona del Caribe, donde Teodoro Roosevelt ejercitaba su gran garrote. En Uruguay, sin embargo, por entonces había peligros más inminentes: el canciller argentino Estanislao Zeballos exponía su peregrina tesis de la “frontera seca”, que negaba a Uruguay jurisdicción sobre el Río de la Plata. La tensión entre ambos países se zanjaría momentáneamente con la firma del Protocolo Ramírez-Saénz Peña, en 1910. El momento fue propicio para un mayor acercamiento a Brasil: la hábil diplomacia del Barón de Río Branco dio trámite a la vieja aspiración uruguaya, firmándose el tratado de límites en 1909. 
 
En este contexto de tensión con Argentina, la estratégica alianza con Estados Unidos para protegernos del país vecino fue también una opción válida para el lider nacionalista Luis Alberto de Herrera, quien explicitó dicha propuesta en su libro “El Uruguay internacional” (1912).
 
Batlle y Ordóñez, con su postura crítica hacia el papel de las inversiones británicas en el país, provocó tensiones con la diplomacia británica, precisamente en el momento en que el avance del frigorífico hacía más sólida que nunca la relación comercial con Gran Bretaña, el gran mercado para nuestras carnes enfriadas. También alentó la llegada de capitales norteamericanos. La Primera Guerra Mundial mostró al gobierno uruguayo solidario con ambas potencias: concedió créditos a Gran Bretaña y Francia y se solidarizó con Estados Unidos cuando éste entró en guerra en 1917. El Partido Nacional, partidario de la neutralidad a ultranza, criticó duramente la postura oficial.
 
Al finalizar la guerra Uruguay estuvo entre los firmantes del Tratado de Versailles y fue miembro iniciador de la Sociedad de las Naciones, apostando, como pequeño país que era, a la protección que podía otorgarle el derecho internacional. En aquel organismo multilateral, en el que Estados Unidos no participaría finalmente, Uruguay acompañó la posición de las grandes potencias, fundamentalmente Gran Bretaña.
 
La Gran Guerra había lesionado seriamente el poderío británico y de ella emergió Estados Unidos como el gran ganador. En Uruguay el avance de los intereses estadounidenses en los años de posguerra (inversiones directas, empréstitos, comercio) fue muy importante. Gran Bretaña se quejó, con razón, de que las libras que Uruguay obtenía al vender sus carnes en Londres, las invertía luego en pagar mercaderías estadounidenses. El león estaba herido y el águila sobrevolaba sobre su presa...
 
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