Empresariado industrial y construcción de la Nación (1875/1900)

En el último cuarto del siglo XIX, Uruguay se vinculó más estrechamente al mercado mundial, al tiempo que recibía una fluida corriente inmigratoria, y capitales (principalmente británicos) que se invirtieron en el desarrollo de servicios.

El medio rural fue el escenario de importantes novedades: la expansión de la ganadería ovina, la mestización del vacuno, el alambramiento de las estancias, la afirmación de la propiedad privada, y un lento progreso de una agricultura diversificada. Una nueva clase de terratenientes, aglutinada en la Asociación Rural, fue la impulsora de la modernización agraria. Por otra parte, la demanda de productos primarios, la expansión del mercado interno y el acceso a un mercado más allá de las fronteras (litoral argentino, también Buenos Aires), fueron determinantes en la aparición de talleres y algunas fábricas. La novedad de esta época, en el medio urbano, es la irrupción de nuevos actores sociales: clases medias, industriales y obreros. Por cierto, los cambios que se procesaron, tanto en el medio rural como en el urbano, fueron acompañados de nuevas tensiones sociales.
 

Desde mediados del siglo XIX, Europa registró uno de los movimientos migratorios más intensos de la humanidad: entre 1840 y 1880, unos 13 millones de europeos abandonaron el continente; y otro tanto entre 1880 y 1900, hasta alcanzar los 20 millones en las dos décadas finales de la centuria. Brasil y el Plata, Estados Unidos y Australia, fueron los principales destinos. Muchos llegaban pensando en “hacer la América” y retornar. Quienes aceptaron estas tierras como su “segunda patria”, concurrieron al desarrollo de la agricultura (jornaleros, chacareros y algunos estancieros), la industria (obreros e industriales), la educación, las artes y las letras. Los aportes de estos extranjeros se reconocen en distintas manifestaciones de la cultura: el lenguaje, la gastronomía, los valores sociales, entre otras.

Después de 1860, y favorecida por diversas leyes proteccionistas (la más importante fue aprobada en 1888), la industria se desarrolló y diversificó, llamando la atención de los contemporáneos ya que se trataba de una actividad productiva que no reconocía antecedentes importantes en el país.
 


El crecimiento del sector redundó en el fortalecimiento de su empresariado, apreciable en el incremento de sus componentes y en un redimensionamiento de las inversiones. En las décadas siguientes se registra un proceso de concentración de capitales, tanto por la vía de la fusión y asociación de empresas, como por la constitución de sociedades de capital. Así, en el último cuarto del XIX, un núcleo de establecimientos fue transitando de la estructura sencilla de los talleres a la organización más compleja de la empresa fabril. A excepción de saladeros y frigoríficos (que se instalan a inicios del siglo XX), la producción de talleres y fábricas estaba destinada al mercado interno y correspondía a alimentos, bebidas, vestimenta, calzado, y mobiliario, principalmente.

 

La formación del empresariado industrial

Si nos detenemos en la formación del empresariado industrial advertiremos la ausencia de un proceso único y lineal.
 
El núcleo principal se constituyó a partir del ahorro sobre el salario. Algunos empleados de comercio, obreros con cierta calificación, trabajadores sin oficio, aunaron esfuerzo personal, austeridad, y un matrimonio a mayor edad (postergando los gastos de un presupuesto familiar) con el objetivo de acumular un capital y alcanzar la independencia económica. Este fue el camino recorrido por quienes fueron propietarios de la mayoría de los
talleres e industrias. Hasta aquí, una historia común. Decisiones audaces, intuición para las oportunidades, los vínculos personales, o los negocios con el Estado (contratistas, proveedores, arrendatarios de servicios), permitieron a unos pocos crecer rápidamente. Desde entonces, se acentuó una paulatina diferenciación social, en el seno de los “hombres de la industria”.
 
También ingresaron a la actividad industrial, hombres instalados con establecimientos comerciales e importadores. Reorientando sus inversiones, unos vislumbraron oportunidades más atractivas en la industria. Otros, sin grandes traumas, abandonaron la importación de manufacturas por la de insumos para la industria. Terceros diversificaron, y se hicieron presentes en la actividad industrial sin abandonar el rubro originario. Henry Finch advierte que la crisis del comercio de tránsito y la declinación de las casas importadoras puede observarse a través de la concesión de tarifas proteccionistas a los fabricantes locales de manufacturas
livianas, desde 1875, y particularmente a partir de 1886 y 1888.

 

El ahorro: Una experiencia de la inmigración europea

Puede parecer asombroso que individuos con escasos recursos, viviendo de un salario, ahorraran e instalaran un taller. Esta fue una historia con extensos testimonios, y si algunos pueden resultar un tanto edulcorados y otros prejuiciosos, dan cuenta de una realidad. En 1858, el médico saboyano Gabriel Sonnet -en Montevideo con funciones de agregado consular y de cultura del Reino Sardo-, se refirió a las privaciones de que era capaz un genovés por ahorrar, al punto que pasaría "todo un día sin comer para no gastar el primer dinero que le cae en mano" y apreciaba que "por poco que sea, el encuentra siempre como hacer economías". El español Andrés Mendizábal que en su pueblo natal "amasaba de sol a sol" viajó al sur con la obsesión de progresar. En el vapor que lo trajo "amasaba también, en tercera, mientras danzaba la magia de la fortuna lejana frente a sus ojos cansados. No tuvo ni la tregua del viaje". El viajero francés Xavier Marmier, llegado al Montevideo de fines del
Sitio Grande anotaba en su libro: "Debido al alto precio de la mano de obra, quienquiera que llegaba con hábitos de orden y de trabajo, podía en poco tiempo reunir un modesto capital con posibilidad de hacerlo fructificar". José Pesce publicó, en 1885, un manual para el inmigrante, donde expresaba: "El trabajador está bien retribuido y su jornal le dá lo suficiente para gastar con arreglo á su clase y ahorrar". El libro presentaba una lista de labores con mayor demanda y sus respectivos salarios, coincidiendo con otras apreciaciones de sus contemporáneos: "En cuanto á los demás oficios, artes y profesiones, podemos afirmar que en ningún país de Europa están tan bien remunerados como en la República Oriental del Uruguay". Francisco Piria –quien fue un claro exponente de los “self-made men” uruguayos apreciaba con agudeza algo que estaba a la vista de todos: a partir de cualquier desempeño asalariado muchos trabajadores hallaban el medio de ahorrar e instalarse por su cuenta. Y Piria concluía: "ese limpiabotas se transformó en remendón, se metamorfoseó en zapatero, y estableció casa... muchos que hoy soy propietarios de buenos establecimientos... ¡comenzaron lustrando botines!".
 
El italiano Giosué Bordón visitó estas tierras en la década de 1880. En su libro Montevideo e la repubblica dell' Uruguay, comparaba los salarios que se pagaban por tareas similares en Italia y en Uruguay, no hallando grandes diferencias. Pero apreciaba que la canasta de comestibles en Uruguay, era más variada y rica en calorías. Por otra parte, la historiadora María Camou, en un estudio sobre la evolución del salario entre 1880 y la
primera década del siglo XX, observa que la tendencia en el largo plazo apuntaba a “una diversificación del consumo de alimentos con respecto a los componentes básicos (leche, carne y harinas). La aparición de mayor cantidad y variedad de productos tanto agrícolas como elaborados en el mercado montevideano que acompaña el crecimiento del ingreso explican esta tendencia”. A partir de una canasta más rica y variada, algunos trabajadores encontraron la posibilidad de aplicar un ahorro compulsivo y formar un pequeño capital. La capacidad de ahorro, sin embargo, fue posible aún para muchos que carecían de calificación y, consiguientemente, recibían salarios bajos. Por tanto, es necesario insistir en la presencia de otros factores (no solamente los económicos), como los psicológicos y culturales, para explicar este comportamiento.
 


Nació en Murialdo (Italia) y viajó a Montevideo con su madre y hermanos para encontrarse con su padre, quien les había precedido. Padre e hijos se dedicaron a la venta ambulante de ropa. En la década de 1860, abrieron un almacén de ramos generales en Paso del Molino. Ángel fue el cerebro familiar, e inició varias empresas: una textil (1898) a la que siguió otra en sociedad con el español José Campomar. Simultáneamente, invirtió en fincas urbanas, chacras y una estancia. Finalmente, proyectó un complejo comercial-hotelero, el palacio Salvo, símbolo de la riqueza acumulada a partir del esfuerzo personal.

El comportamiento compulsivo por ahorrar, generó cierto asombro en algunos círculos de la sociedad uruguaya, y finalmente fue admitido por virtuoso. El historiador José Pedro Barrán -en el segundo tomo de su Historia de la sensibilidad en el Uruguay: El disciplinamiento (1860/1920)- observa que, junto a otros comportamientos, el ahorro fue descubierto y valorado por la escuela vareliana que lo incorporó como uno de los valores a inculcar.
 
El ahorro, finalmente, era una novedad introducida por la inmigración, cuya práctica estimuló en la segunda mitad del XIX. La afirmación no niega que esa conducta –ahorrar- fueran desconocida en la sociedad uruguaya y menos aún, ajena a los desempeños empresarios. Pero indudablemente, el mérito de la inmigración fue la difusión de una moral del ahorro, imágenes individuales del trabajo sacrificado, el enaltecimiento de ciertas figuras como fruto del esfuerzo individual, finalmente, una serie de datos que tenían como únicos referentes a las variadas colectividades extranjeras.

 

Los caminos de la temprana industrialización

En los orígenes de casi todas las empresas industriales uruguayas del siglo XIX, existió un taller. El punto de partida fue la asociación de las habilidades personales, la manualidad y el capital ahorrado. Y este proceso se comprende, si se tiene en cuenta que el capital requerido para realizar el despegue era pequeño.
 
Es cierto que algunos llegaron con un capital para instalarse, como Santiago Gianelli (molinero), Pietro Corradi (destilería), Marcos Bixio (fábrica de jabón y velas), Josep Tuneu (fábrica de tapones de corcho), y unos pocos mas. La mayoría, sin embargo, recorrió otro camino: el del trabajo y el ahorro. El período de ahorro esforzado para alcanzar una instalación independiente fue breve, por lo general inferior a diez años. Otros necesitaron más
tiempo.


Antonio Barreiro y Ramos (Galicia, 1851/Uruguay, 1916]. Llegó a Montevideo con 17 años y poco después se empleó en la librería de Real y Prado. En 1871, su patrón lo hizo socio comanditario y lo apoyó en la fundación de la Librería Nacional. En 1877, Barreiro se inició como editor. En su catálogo se incluyeron manuales escolares y autores nacionales. La Librería Nacional, fue durante más de cincuenta años, un punto de encuentro de intelectuales uruguayos. Simpatizante activo del industrialismo, fue Presidente de la Unión Industrial Uruguaya.

El tiempo para la habilitación independiente dependió de muchos factores. No todos los establecimientos, aun aquellos con estructura más simple como los talleres, requerían capitales similares para su apertura. El taller metalúrgico exigió una inversión mayor que un taller de costura. No todos se instalaron en la misma época, ni se beneficiaron de coyunturas -personales o económicas- similares. La intuición para las oportunidades, la elección del momento para una "toma de decisiones", la maduración de un proyecto y su concreción, fueron algunas de las diferentes instancias donde se aprecian las capacidades de cada individuo. Por otra parte, las habilitaciones fueron, en algunos casos, obra exclusiva del esfuerzo personal; en otras, del concurso agregado de terceros (patrones, parientes, socios). De todas formas, los ejemplos son testimonio de un fenómeno social de esas décadas y acreditan el origen de la llamada "industria nacional".

 


La temprana industrialización

En el último cuarto del XIX, pocos establecimientos reunían las condiciones de empresas fabriles. Por lo tanto, referir a los orígenes de la industria nacional es detenerse en el mundo del taller, cuya proliferación se relaciona directamente con las dimensiones del mercado: esencialmente urbano y capitalino.
 
La producción estuvo destinada a satisfacer necesidades de diferentes franjas de consumidores, con diferentes perfiles y exigencias. En el consumo de los sectores populares debe advertirse la impronta que los distintos grupos étnicos introducían y paulatinamente imponían (por ejemplo, en la bebida y la alimentación). Las ascendentes clases medias diversificaron sus demandas y, hasta las clases altas -identificadas con el consumo de productos importados- aceptaron la inclusión de algunos artículos "made in Uruguay" en sus compras.

El Uruguay que sobrevivió a la Guerra Grande (1839/1851) era un país despoblado. En 1872, Adolfo Vaillant le asignaba 420.000 habitantes. Montevideo, su capital, apenas superaba los cien mil. Un mercado de consumo aun más pequeño, ofrecía dificultades considerables al desarrollo de industrias que debían competir con productos importados más baratos procedentes de los países europeos que transitaban la “revolución industrial”. Varios empresarios buscaron expandirse, colocando sus productos más allá de la frontera (Harriague, Bonomi, Caviglia, Mailhos, entre otros).

Un mercado reducido y una demanda diversificada fueron atendidos, principalmente por talleres y pequeñas industrias. La "apertura" de un taller requirió un pequeño capital, apreciándose -en los datos censales- el predominio del “capital en giro” (materia prima, salarios). La estructura del taller era muy simple, basada en una cierta división del trabajo y un claro predominio de la manualidad y la herramienta. En esta dimensión de empresa, el patrón era pieza fundamental, concentrando en sus manos tanto el trabajo como la administración, promoción y venta. Iniciados como empresas familiares, los talleres crecieron sin modificar esencialmente la organización de la producción: ampliación del local e incorporación de nuevos trabajadores.
 

En el Montevideo de fines del siglo XIX proliferaron los talleres. Los que fabricaban corsés, al igual que los talleres de costura, pautaron más temprano que otros establecimientos, una nueva realidad social: la incorporación de la mujer al trabajo asalariado.
 
En casi todo el sector industrial se fue transitando hacia una organización más compleja de la producción, ya que la acumulación de capital alimentaba la reinversión de las utilidades. En estas décadas, se aprecia la aparición de establecimientos de mayores dimensiones por la asociación entre empresarios. En algunas ramas se procesó una concentración de capitales que determina la aparición del establecimiento fabril. Los requerimientos de capital fueron mayores, tanto por las dimensiones del inmueble -terreno, fábrica y depósitos-, la inversión en máquinas, materias primas, y salarios por la concentración de trabajadores. La disponibilidad del capital no era, aquí, producto único del ahorro.

"La Republicana” (1907) - Jules Mailhos

El francés Jules Mailhos adquirió, en 1880, una pequeña fábrica de cigarrillos que bautizó “La Republicana” y a la que convirtió en la principal empresa del ramo. Desde 1912 se independizó de las firmas proveedoras de tabaco, abriendo escritorio en Paris y La Habana para importar directamente. En un rápido proceso expansivo, absorbió a varias fábricas y talleres de plaza, al tiempo que se convirtió en proveedor (tabaco en hebra, cigarros, cigarrillos) puertos y localidades de la Patagonia y Buenos Aires, Paraguay y sur de Brasil. Convertido en uno de los industriales más poderosos, invirtió en la compra de estancias en Uruguay, Argentina, Brasil y Cuba.

El reciente desarrollo del sector y los escasos vínculos de estos nuevos empresarios con los sectores tradicionales, limitaba las posibilidades de contar con la banca como fuente de financiamiento. Los estudios de Raúla Jacob revelan que la banca estuvo relativamente ausente del proceso industrializador temprano. La asociación de capitales o la fusión de empresas fueron alternativas a la ausencia de un crédito industrial. Por otra parte, existió un sistema crediticio informal –sostenido por el capital comercial e inversores en inmuebles urbanos- que concurrió al tránsito hacia la empresa fabril.

Cervecería “Germánica”

En Montevideo se registró una muy temprana producción de cerveza por parte de pequeños establecimientos. Algunos empresarios, como Nidding, Richling, Mux, realizaron rápidos progresos y en la década de 1880 ya se habían instalado algunas fábricas modernas. Desde entonces, se asistió a un proceso de asociación de capitales para la creación de fábricas con mayor volumen de producción. También se registra un proceso de concentración de capitales que determinó la eliminación de empresas más pequeñas del mercado. El capital financiero (Banco Nacional, Banco Comercial) fue parte activa en esta historia.




Cuando artesanos e industriales se organizaron en la Liga Industrial (1879), la reseña periodística del "Telégrafo Marítimo” aportaba una reflexión que expresaba el sentir de un sector amplio de la sociedad uruguaya: "Los que creen, como nosotros, que del fomento de la industria nacional provendrá mayor riqueza positiva y mayor actividad comercial no pueden dejar de felicitarse por este acontecimiento, signo precursor del progreso de la República".


La industria, un pilar de la modernización, modificó profundamente el Uruguay tradicional. Encontró, en José Batlle y Ordoñez y en la fuerza política que lideró, interlocutores sensibles. Talleres y chimeneas se incorporaron al paisaje urbano, principalmente en Montevideo, antes de hacerlo tímidamente a la literatura y la pintura social y urbana.

W. Barcala “Paisaje industrial”
 
La industrialización produjo profundos cambios en el medio urbano, principalmente en Montevideo. Modificó la economía, transformó las relaciones y las experiencias sociales y políticas, propició las prácticas democráticas, incidiendo en el pensamiento y la educación, y se proyectó en múltiples espacios de la cultura cotidiana.

 


Fuentes y bibliografía:

Algunas sugerencias para consultar.

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Ediciones de la Banda Oriental, 1971.

· BARRÁN, José Pedro Historia de la sensibilidad en el Uruguay Tomo 2: El disciplinamiento (1860/1920)
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· BERETTA CURI, Alcides Los hijos de Hefestos. El concurso de la inmigración italiana en la formación del
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· BERETTA CURI, Alcides/Ana García Etcheverry Los burgueses inmigrantes Montevideo. Ed. Fin de
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· __________________________________________ El imperio de la voluntad. Una aproximación al rol
de la inmigración europea y el espíritu de empresa en el Uruguay de la temprana industrialización,
1875/1930 Montevideo. Ed. Fin de Siglo, 1996.
 
· BÉRTOLA, Luis Ensayos de Historia Económica Montevideo. Ed. Trilce, 2000
 
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· FINCH, Henry La economía política del Uruguay contemporáneo. Ediciones de la Banda Oriental, 2005
 
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