Paradojas y Contradicciones de la Curiosa Historia de la Filmografía Uruguaya

Paradojas y contradicciones

De esta revisión de ciento quince años de cine uruguayo queda un montón de interrogantes pendientes de respuesta. A modo de inventario y provocación:
 
Uno. Durante un siglo en Uruguay aventureros e improvisados intentaron hacer un cine que pretendía ser industrial. Se obtuvo una colección de fracasos. Pero durante la segunda década del siglo XX, durante el cine mudo, se hicieron tres o cuatro películas de beneficencia que produjeron ganancias en boletería para fines caritativos. Los negociantes del cine no se dieron cuenta y siguieron buscando el famoso cine industrial entre 1936 y 1980, confundiendo el supuesto cine popular con el tablado, los sketchs de la radio y la torpeza, creyendo que el público era tonto. Nadie vio ese cine hecho sobre esos modelos, que por lo tanto no era tan popular ni el público era tan tonto. En la  época fueron ejemplos del error: "Los tres mosqueteros" (Julio Saraceni, 1946 ), "Esta tierra es mía" (Joaquín Martínez Arboleya, 1948), "Amor fuera de hora" (Alberto Malmierca, 1950), "Urano baja a la tierra" (Daniel Sposito Pereyra, 1950). En tiempos más recientes son ejemplos de lo mismo: "Gardel, ecos del silencio" (Pablo Rodríguez, 1996), "El chevrolé" (Leonardo Ricagni, 1998), "El regalo" (Gabriela Guillermo, 1999), "Maldita cocaína" (Pablo Rodríguez, 2001), "A dios momo" (Leonardo Ricagni, 2005), "La matinée" (Sebastián Bednarik, 2006). Lo cual demuestra medio siglo después que no se aprendió mucho de los errores cometidos y que, peor aún,  aunque parezca insólito alguno de estos films ha contado con entusiasmados apoyos de las autoridades del Instituto del Cine. 
 
Dos. Contra lo previsible, ahora que según todas las evidencias no hay industria cinematográfica ni algo que se le parezca, existe una producción continuada de films, parte de los cuales pueden ser respetables y atendibles. Esas mayores calidades, que fueron inexistentes por años, podrían explicarse por la colonización durante años de una cultura de espectadores, más que por el entusiasmo generado por políticas de producción que no han existido. Esos primeros reconocimientos, los que siguieron a las primeras películas después del 93, empujaron el vigor de gente joven haciendo cine. Así como la aparición de escritores no requirió la existencia de una industria editorial para que existiera una expresión literaria, con el cine parece pasar lo mismo. El impulso lo crean quienes hacen películas a veces de calidad que obtienen reconocimiento internacional. Más que una ley de cine que durante mucho tiempo no existió lo que empuja es lo que aportan los propios cineastas. Como ahora hay además algunos respaldos estatales, mucho mejor. Hay dudas por la desaceleración de los últimos años, la caída del entusiasmo y sobre todo por la banalización creciente del gusto de los espectadores. El aliento de la platea también se desacelera. 
 
Tres. Cuando la recuperación democrática, de la segunda mitad de los ochenta hasta 1993 (el año de Pepita la pistolera), se dan por su orden varios hechos importantes que habría que revalorar: con los desexilios se constituyen dos productoras cooperativas, CEMA e Imágenes; la acción formadora de públicos de la Cinemateca se multiplica al caer la censura; se reabre la Escuela de Cine que había cerrado la dictadura y se abren los cursos en la Universidad ORT y en la Católica; la crítica sigue siendo muy rigurosa y activa; comienza a editarse Brecha y se inicia El País Cultural con la vuelta a Montevideo de Homero Alsina Thevenet. El clima cultural y cinematográfico por esos pocos años es de veras excitante, y ello explica la aparición de mucha gente joven que quiere expresarse en cine, que va los cursos de la EICTV de San Antonio de los Baños en Cuba y después vuelve a Montevideo a hacer películas. Nunca antes se habían producido esas coincidencias. Con los años ese impulso se ha ido perdiendo y quizás sea necesario percibir a tiempo lo que está ocurriendo. Porque de hecho el momento actual parece la alarmante contracara de los ocho años que van del 85 al 93. 
 
Cuatro.  El país está gobernado por el Frente Amplio, pero eso se nota muy poco en la existencia y la afirmación de una expresión cinematográfica y de un proyecto de cine nacional. Más bien, al contrario, hay opiniones negativas y cuestionadoras de la política sobre el cine del FA, que pareciera preocupado por asuntos secundarios, burocráticos y sectoriales. La objeción se escucha entre gente de cine. Es una mala señal cuando el nuevo cine uruguayo todavía no ha cumplido veinte años. Y cuando el primer antecedente del Instituto  del Cine (el Instituto Nacional del Audiovisual) tiene menos de quince años. Ese desgaste institucional es un problema que debiera preocupar. 
 
Cinco. El cine uruguayo es, decididamente, un arte cada vez más efímero, como las estatuas de arena en las playas de verano. A todas las obras perdidas en décadas pasadas por autodestrucción química, desidia, mala conservación de los materiales y falta de recursos para trabajos de restauración, deben sumarse las pérdidas ocurridas en los últimos años, en particular desde que el Instituto del Cine y el Audiovisual tiene responsabilidad (que no asume) en el tema. Las crecientes incapacidades de los dos archivos fílmicos -que ya eran demasiados en un país de tres millones de habitantes hasta que la Universidad de la República vino a agregar un tercero-, se incrementan con el desinterés comprobado de los organismos estatales por conservar el cine uruguayo. La desidia de los últimos diez años ha provocado la pérdida de la mayoría de las películas de aficionados de los años cuarenta hasta comienzos de los setenta. Ya se habían perdido cantidad de obras anteriores. Los responsables tampoco se han ocupado de evitar que obras recientes posteriores a 1993 también se hayan perdido para siempre. Con un poco de suerte la memoria de las imágenes en movimiento dejará de ser un problema porque cada vez habrá menos que preservar. El paso del tiempo y las inacciones del Estado acabarán con el problema. Habría que preguntarse si algo así hubiera ocurrido con las letras o con la plástica, cuántas quejas alarmadas no hubieran surgido acusando a los responsables de no hacer. Con  el cine uruguayo no pasa nada, prueba de su carácter efímero. Y de que al cine nacional no se lo toman en serio ni siquiera quienes debieran ocuparse de él. 
 
Seis. Estos últimos años, hasta 2008 al menos, de una manera u otra la mayoría de las películas que se hacen tienen que ver con lo que ocurre dentro de la sociedad, como un diálogo con los intereses o las preocupaciones de la gente. Durante los años del primer batllismo, a comienzos del siglo XX, las películas no tenían mucha relación con los intereses de la gente. El cine era un medio poco respetable que en el mejor de los casos servía para que el Partido Colorado rodara cierta cantidad de películas promocionales, pero nadie hizo cine como se escriben novelas o ensayos que interpelan a la realidad. Esos mismos años apareció una primera generación de escritores, pero cuando quince años después la generación del 45 transforma la gestión y la producción cultural, el cine que se filma sigue ocupando el lugar marginal al que afluyen aventureros e improvisados que hablaban de una industria cinematográfica que ni sabían lo que era. Pues ese contexto no es en absoluto el actual, aunque hay dudas sobre si esto es un mérito atribuible a la conducción estatal, o si ha sido posible contra su pasividad. Pero quiérase o no es un dato histórico que una parte del cine que hoy se hace tiene que ver con la gente, la sociedad y el momento histórico del país. Es, para el espectador, la sorpresa de verse reflejado sobre un espejo que lo interpela. Quizás no ocurra con la mayoría de las películas, pero es suficiente que ocurra con algunas.
 
 
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